Algo muy grave va a suceder en este pueblo
[Cuento -
Texto completo.]
Gabriel García Márquez
Nota: En un congreso de escritores,
al hablar sobre la diferencia entre contar un cuento o escribirlo, García
Márquez contó lo que sigue, “Para que vean después cómo cambia cuando lo
escriba”.
Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que
tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y
tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella
les responde:
-No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va
a sucederle a este pueblo.
Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja,
cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a
tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:
-Te apuesto un peso a que no la haces.
Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y
todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Contesta:
-Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo
mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo.
Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa,
donde está con su mamá o una nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su
peso, dice:
-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.
-¿Y por qué es un tonto?
-Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con
la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a
suceder en este pueblo.
Entonces le dice su madre:
-No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.
La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero:
-Véndame una libra de carne -y en el momento que se la están cortando,
agrega-: Mejor véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y
lo mejor es estar preparado.
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una
libra de carne, le dice:
-Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave
va a pasar, y se están preparando y comprando cosas.
Entonces la vieja responde:
-Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras.
Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el
carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va
esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo, en el pueblo, está
esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de
la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice:
-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?
-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!
(Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos
remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se
les caían a pedazos.)
-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.
-Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor.
-Sí, pero no tanto calor como ahora.
Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se
corre la voz:
-Hay un pajarito en la plaza.
Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito.
-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.
-Sí, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que
todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.
-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y
atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el
momento en que dicen:
-Si este se atreve, pues nosotros también nos vamos.
Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas,
los animales, todo.
Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:
-Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa -y
entonces la incendia y otros incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y
en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, clamando:
-Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca.
FIN
El rastro de tu sangre en la
nieve
[Cuento - Texto completo.]
Gabriel García Márquez
Al anochecer, cuando llegaron a la frontera, Nena Daconte se
dio cuenta de que el dedo con el anillo de bodas le seguía sangrando. El
guardia civil con una manta de lana cruda sobre el tricornio de charol examinó
los pasaportes a la luz de una linterna de carburo, haciendo un grande esfuerzo
para que no lo derribara la presión del viento que soplaba de los Pirineos.
Aunque eran dos pasaportes diplomáticos en regla, el guardia levantó la
linterna para comprobar que los retratos se parecían a las caras.Nena Daconte
era casi una niña, con unos ojos de pájaro feliz y una piel de melaza que
todavía irradiaba la resolana del Caribe en el lúgubre anochecer de enero, y
estaba arropada hasta el cuello con un abrigo de nucas de visón que no podía
comprarse con el sueldo de un año de toda la guarnición fronteriza. Billy Sánchez
de Ávila, su marido, que conducía el coche, era un año menor que ella, y casi
tan bello, y llevaba una chaqueta de cuadros escoceses y una gorra de pelotero.
Al contrario de su esposa, era alto y atlético y tenía las mandíbulas de hierro
de los matones tímidos. Pero lo que revelaba mejor la condición de ambos era el
automóvil platinado, cuyo interior exhalaba un aliento de bestia viva, como no
se había visto otro por aquella frontera de pobres. Los asientos posteriores
iban atiborrados de maletas demasiado nuevas y muchas cajas de regalos todavía
sin abrir. Ahí estaba, además, el saxofón tenor que había sido la pasión
dominante en la vida de Nena Daconte antes de que sucumbiera al amor
contrariado de su tierno pandillero de balneario.
Cuando el guardia le devolvió los pasaportes sellados, Billy
Sánchez le preguntó dónde podía encontrar una farmacia para hacerle una cura en
el dedo a su mujer, y el guardia le gritó contra e1 viento que preguntaran en
Indaya, del lado francés. Pero los guardias de Hendaya estaban sentados a la
mesa en mangas de camisa, jugando barajas mientras comían pan mojado en tazones
de vino dentro de una garita de cristal cálida y bien alumbrada, y les bastó
con ver el tamaño y la clase del coche para indicarles por señas que se internaran
en Francia. Billy Sánchez hizo sonar varias veces la bocina, pero los guardias
no entendieron que los llamaban, sino que uno de ellos abrió el cristal y les
gritó con más rabia que el viento:
-Merde! Allez-vous-en!
Entonces Nena Daconte salió del automóvil envuelta con el
abrigo hasta las orejas, y le preguntó al guardia en un francés perfecto dónde
había una farmacia. El guardia contestó por costumbre con la boca llena de pan
que eso no era asunto suyo. Y menos con semejante borrasca, y cerró la ventanilla.
Pero luego se fijó con atención en la muchacha que se chupaba el dedo herido
envuelta en el destello de los visones naturales, y debió confundirla con una
aparición mágica en aquella noche de espantos, porque al instante cambió de
humor. Explicó que la ciudad más cercana era Biarritz, pero que en pleno
invierno y con aquel viento de lobos, tal vez no hubiera una farmacia abierta
hasta Bayona, un poco más adelante.
-¿Es algo grave? -preguntó.
-Nada -sonrió Nena Daconte, mostrándole el dedo con la
sortija de diamantes en cuya yema era apenas perceptible la herida de la rosa-.
Es sólo un pinchazo.
Antes de Bayona volvió a nevar. No eran más de las siete,
pero encontraron las calles desiertas y las casas cerradas por la furia de la
borrasca, y al cabo de muchas vueltas sin encontrar una farmacia decidieron
seguir adelante. Billy Sánchez se alegró con la decisión. Tenía una pasión
insaciable por los automóviles raros y un papá con demasiados sentimientos de
culpa y recursos de sobra para complacerlo, y nunca había conducido nada igual
a aquel Bentley convertible de regalo de bodas. Era tanta su embriaguez en el
volante, que cuanto más andaba menos cansado se sentía. Estaba dispuesto a
llegar esa noche a Burdeos, donde tenían reservada la suite nupcial del hotel
Splendid, y no habría vientos contrarios ni bastante nieve en el cielo para
impedirlo. Nena Daconte, en cambio, estaba agotada, sobre todo por el último
tramo de la carretera desde Madrid, que era una cornisa de cabras azotada por
el granizo. Así que después de Bayona se enrolló un pañuelo en el anular
apretándolo bien para detener la sangre que seguía fluyendo, y se durmió a
fondo. Billy Sánchez no lo advirtió sino al borde de la media noche, después de
que acabó de nevar y el viento se paró de pronto entre los pinos, y el cielo de
las landas se llenó de estrellas glaciales. Había pasado frente a las luces
dormidas de Burdeos, pero sólo se detuvo para llenar el tanque en una estación
de la carretera pues aún le quedaban ánimos para llegar hasta París sin tomar
aliento. Era tan feliz con su juguete grande de 25.000 libras esterlinas, que
ni siquiera se preguntó si lo sería también la criatura radiante que dormía a
su lado con la venda del anular empapada de sangre, y cuyo sueño de
adolescente, por primera vez, estaba atravesado por ráfagas de incertidumbre.
Se habían casado tres días antes, a 10.000 kilómetros de
allí, en Cartagena de Indias, con el asombro de los padres de él y la
desilusión de los de ella, y la bendición personal del arzobispo primado.
Nadie, salvo ellos mismos, entendía el fundamento real ni conoció el origen de
ese amor imprevisible. Había empezado tres meses antes de la boda, un domingo
de mar en que la pandilla de Billy Sánchez se tomó por asalto los vestidores de
mujeres de los balnearios de Marbella. Nena Daconte había cumplido apenas
dieciocho años, acababa de regresar del internado de la Châtellenie, en
Saint-Blaise, Suiza, hablando cuatro idiomas sin acento y con un dominio
maestro del saxofón tenor, y aquel era su primer domingo de mar desde el
regreso. Se había desnudado por completo para ponerse el traje de baño cuando
empezó la estampida de pánico y los gritos de abordaje en las casetas vecinas,
pero no entendió lo que ocurría hasta que la aldaba de su puerta saltó en astillas
y vio parado frente a ella al bandolero más hermoso que se podía concebir. Lo
único que llevaba puesto era un calzoncillo lineal de falsa piel de leopardo, y
tenía el cuerpo apacible y elástico y el color dorado de la gente de mar. En el
puño derecho, donde tenía una esclava metálica de gladiador romano, llevaba
enrollada una cadena de hierro que le servía de arma mortal, y tenía colgada
del cuello una medalla sin santo que palpitaba en silencio con el susto del
corazón. Habían estado juntos en la escuela primaria y habían roto muchas
piñatas en las fiestas de cumpleaños, pues ambos pertenecían a la estirpe
provinciana que manejaba a su arbitrio el destino de la ciudad desde los
tiempos de la Colonia, pero habían dejado de verse tantos años que no se reconocieron
a primera vista. Nena Daconte permaneció de pie, inmóvil, sin hacer nada por
ocultar su desnudez intensa. Billy Sánchez cumplió entonces con su rito pueril:
se bajó el calzoncillo de leopardo y le mostró su respetable animal erguido.
Ella lo miró de frente y sin asombro.
-Los he visto más grandes y más firmes -dijo, dominando el
terror-, de modo que piensa bien lo que vas a hacer, porque conmigo te tienes
que comportar mejor que un negro.
En realidad, Nena Daconte no sólo era virgen sino que nunca
hasta entonces había visto un hombre desnudo, pero el desafío le resultó
eficaz. Lo único que se le ocurrió a Billy Sánchez fue tirar un puñetazo de
rabia contra la pared con la cadena enrollada en la mano, y se astilló los
huesos. Ella lo llevó en su coche al hospital, lo ayudó a sobrellevar la
convalecencia, y al final aprendieron juntos a hacer el amor de la buena
manera. Pasaron las tardes difíciles de junio en la terraza interior de la casa
donde habían muerto seis generaciones de próceres en la familia de Nena
Daconte, ella tocando canciones de moda en el saxofón, y él con la mano
escayolada contemplándola desde el chinchorro con un estupor sin alivio. La
casa tenía numerosas ventanas de cuerpo entero que daban al estanque de
podredumbre de la bahía, y era una de las más grandes y antiguas del barrio de
la Manga, y sin duda la más fea. Pero la terraza de baldosas ajedrezadas donde
Nena Daconte tocaba el saxofón era un remanso en el calor de las cuatro, y daba
a un patio de sombras grandes con palos de mango y matas de guineo, bajo los
cuales había una tumba con una losa sin nombre, anterior a la casa y a la
memoria de la familia. Aun los menos entendidos en música pensaban que el
sonido del saxofón era anacrónico en una casa de tanta alcurnia. “Suena como un
buque”, había dicho la abuela de Nena Daconte cuando lo oyó por primera vez. Su
madre había tratado en vano de que lo tocara de otro modo, y no como ella lo
hacía por comodidad, con la falda recogida hasta los muslos y las rodillas
separadas, y con una sensualidad que no le parecía esencial para la música. “No
me importa qué instrumento toques” -le decía- “con tal de que lo toques con las
piernas cerradas”. Pero fueron esos aires de adioses de buques y ese
encarnizamiento de amor los que le permitieron a Nena Daconte romper la cáscara
amarga de Billy Sánchez. Debajo de la triste reputación de bruto que él tenía
muy bien sustentada por la confluencia de dos apellidos ilustres, ella
descubrió un huérfano asustado y tierno. Llegaron a conocerse tanto mientras se
le soldaban los huesos de la mano, que él mismo se asombró de la fluidez con
que ocurrió el amor cuando ella lo llevó a su cama de doncella una tarde de
lluvias en que se quedaron solos en la casa. Todos los días a esa hora, durante
casi dos semanas, retozaron desnudos bajo la mirada atónita de los retratos de
guerreros civiles y abuelas insaciables que los habían precedido en el paraíso
de aquella cama histórica. Aun en las pausas del amor permanecían desnudos con
las ventanas abiertas respirando la brisa de escombros de barcos de la bahía,
su olor a mierda, oyendo en el silencio del saxofón los ruidos cotidianos del
patio, la nota única del sapo bajo las matas de guineo, la gota de agua en la
tumba de nadie, los pasos naturales de la vida que antes no habían tenido
tiempo de conocer.
Cuando los padres de Nena Daconte regresaron a la casa,
ellos habían progresado tanto en el amor que ya no les alcanzaba el mundo para
otra cosa, y lo hacían a cualquier hora y en cualquier parte, tratando de
inventarlo otra vez cada vez que 1o hacían. Al principio lo hicieron como mejor
podían en los carros deportivos con que el papá de Billy trataba de apaciguar
sus propias culpas. Después, cuando los coches se les volvieron demasiado
fáciles, se metían por la noche en las casetas desiertas de Marbella donde el
destino los había enfrentado por primera vez, y hasta se metieron disfrazados
durante el carnaval de noviembre en los cuartos de alquiler del antiguo barrio
de esclavos de Getsemaní, al amparo de las mamasantas que hasta hacía pocos
meses tenían que padecer a Billy Sánchez con su pandilla de cadeneros. Nena
Daconte se entregó a los amores furtivos con la misma devoción frenética que
antes malgastaba en el saxofón, hasta el punto de que su bandolero domesticado
terminó por entender lo que ella quiso decirle cuando le dijo que tenía que
comportarse como un negro. Billy Sánchez le correspondió siempre y bien, y con
el mismo alborozo. Ya casados, cumplieron con el deber de amarse mientras las
azafatas dormían en mitad del Atlántico, encerrados a duras penas y más muertos
de risa que de placer en el retrete del avión. Sólo ellos sabían entonces, 24
horas después de la boda, que Nena Daconte estaba encinta desde hacía dos
meses.
De modo que cuando llegaron a Madrid se sentían muy lejos de
ser dos amantes saciados, pero tenían bastantes reservas para comportarse como
recién casados puros. Los padres de ambos lo habían previsto todo. Antes del
desembarco, un funcionario de protocolo subió a la cabina de primera clase para
llevarle a Nena Daconte el abrigo de visón blanco con franjas de un negro
luminoso, que era el regalo de bodas de sus padres. A Billy Sánchez le llevó
una chaqueta de cordero que era la novedad de aquel invierno, y las llaves sin
marca de un coche de sorpresa que le esperaba en el aeropuerto.
La misión diplomática de su país los recibió en el salón
oficial. El embajador y su esposa no sólo eran amigos desde siempre de la
familia de ambos, sino que él era el médico que había asistido al nacimiento de
Nena Daconte, y la esperó con un ramo de rosas tan radiantes y frescas, que hasta
las gotas de rocío parecían artificiales. Ella los saludó a ambos con besos de
burla, incómoda con su condición un poco prematura de recién casada, y luego
recibió las rosas. Al cogerlas se pinchó el dedo con una espina del tallo, pero
sorteó el percance con un recurso encantador.
-Lo hice adrede -dijo- para que se fijaran en mi anillo.
En efecto, la misión diplomática en pleno admiró el
esplendor del anillo, calculando que debía costar una fortuna no tanto por la
clase de los diamantes como por su antigüedad bien conservada. Pero nadie
advirtió que el dedo empezaba a sangrar. La atención de todos derivó después
hacia el coche nuevo. El embajador había tenido el buen humor de llevarlo al
aeropuerto, y de hacerlo envolver en papel celofán con un enorme lazo dorado.
Billy Sánchez no apreció su ingenio. Estaba tan ansioso por conocer el coche
que desgarró la envoltura de un tirón y se quedó sin aliento. Era el Bentley
convertible de ese año con tapicería de cuero legítimo. El cielo parecía un
manto de ceniza, el Guadarrama mandaba un viento cortante y helado, y no se
estaba bien a la intemperie, pero Billy Sánchez no tenía todavía la noción del
frío. Mantuvo a la misión diplomática en el estacionamiento sin techo,
inconsciente de que se estaban congelando por cortesía, hasta que terminó de
reconocer el coche en sus detalles recónditos. Luego el embajador se sentó a su
lado para guiarlo hasta la residencia oficial donde estaba previsto un
almuerzo. En el trayecto le fue indicando los lugares más conocidos de la
ciudad, pero él sólo parecía atento a la magia del coche.
Era la primera vez que salía de su tierra. Había pasado por
todos los colegios privados y públicos, repitiendo siempre el mismo curso,
hasta que se quedó flotando en un limbo de desamor. La primera visión de una
ciudad distinta de la suya, los bloques de casas cenicientas con las luces
encendidas a pleno día, los árboles pelados, el mar distante, todo le iba
aumentando un sentimiento de desamparo que se esforzaba por mantener al margen
del corazón. Sin embargo, poco después cayó sin darse cuenta en la primera
trampa del olvido. Se habla precipitado una tormenta instantánea y silenciosa,
la primera de la estación, y cuando salieron de la casa del embajador después
del almuerzo para emprender el viaje hacia Francia, encontraron la ciudad
cubierta de una nieve radiante. Billy Sánchez se olvidó entonces del coche, y
en presencia de todos, dando gritos de júbilo y echándose puñados de polvo de
nieve en la cabeza, se revolcó en mitad de la calle con el abrigo puesto.
Nena Daconte se dio cuenta por primera vez de que el dedo
estaba sangrando, cuando salieron de Madrid en una tarde que se había vuelto
diáfana después de la tormenta. Se sorprendió, porque había acompañado con el
saxofón a la esposa del embajador, a quien le gustaba cantar arias de ópera en
italiano después de los almuerzos oficiales, y apenas si notó la molestia en el
anular. Después, mientras le iba indicando a su marido las rutas más cortas
hacia la frontera, se chupaba el dedo de un modo inconsciente cada vez que le
sangraba, y sólo cuando llegaron a los Pirineos se le ocurrió buscar una
farmacia. Luego sucumbió a los sueños atrasados de los últimos días, y cuando
despertó de pronto con la impresión de pesadilla de que el coche andaba por el
agua, no se acordó más durante un largo rato del pañuelo amarrado en el dedo.
Vio en el reloj luminoso del tablero que eran más de las tres, hizo sus
cálculos mentales, y sólo entonces comprendió que habían seguido de largo por
Burdeos, y también por Angulema y Poitiers, y estaban pasando por el dique de
Loira inundado por la creciente. El fulgor de la luna se filtraba a través de
la neblina, y las siluetas de los castillos entre los pinos parecían de cuentos
de fantasmas. Nena Daconte, que conocía la región de memoria, calculó que
estaban ya a unas tres horas de París, y Billy Sánchez continuaba impávido en
el volante.
-Eres un salvaje -le dijo-. Llevas más de once horas
manejando sin comer nada.
Estaba todavía sostenido en vilo por la embriaguez del coche
nuevo. A pesar de que en el avión había dormido poco y mal, se sentía
despabilado y con fuerzas de sobra para llegar a París al amanecer.
-Todavía me dura el almuerzo de la embajada -dijo-. Y agregó
sin ninguna lógica: Al fin y al cabo, en Cartagena están saliendo apenas del
cine. Deben ser como las diez.
Con todo Nena Daconte temía que él se durmiera conduciendo.
Abrió una caja de entre los tantos regalos que les habían hecho en Madrid y
trató de meterle en la boca un pedazo de naranja azucarada. Pero él la esquivó.
-Los machos no comen dulces -dijo.
Poco antes de Orleáns se desvaneció la bruma, y una luna muy
grande iluminó las sementeras nevadas, pero el tráfico se hizo más difícil por
la confluencia de los enormes camiones de legumbres y cisternas de vinos que se
dirigían a París. Nena Daconte hubiera querido ayudar a su marido en el
volante, pero ni siquiera se atrevió a insinuarlo, porque é le había advertido
desde la primera vez en que salieron juntos que no hay humillación más grande
para un hombre que dejarse conducir por su mujer. Se sentía lúcida después de
casi cinco horas de buen sueño, y estaba además contenta de no haber parado en
un hotel de la provincia de Francia, que conocía desde muy niña en numerosos
viajes con sus padres. “No hay paisajes más bellos en el mundo”, decía, “pero
uno puede morirse de sed sin encontrar a nadie que le dé gratis un vaso de
agua.” Tan convencida estaba, que a última hora había metido un jabón y un
rollo de papel higiénico en el maletín de mano, porque en los hoteles de
Francia nunca había jabón, y el papel de los retretes eran los periódicos de la
semana anterior cortados en cuadritos y colgados de un gancho. Lo único que
lamentaba en aquel momento era haber desperdiciado una noche entera sin amor.
La réplica de su marido fue inmediata.
-Ahora mismo estaba pensando que debe ser del carajo tirar
en la nieve -dijo-. Aquí mismo, si quieres.
Nena Daconte lo pensó en serio. Al borde de la carretera, la
nieve bajo la luna tenía un aspecto mullido y cálido, pero a medida que se
acercaban a los suburbios de París el tráfico era más intenso, y había núcleos
de fábricas iluminadas y numerosos obreros en bicicleta. De no haber sido
invierno, estarían ya en pleno día.
-Ya será mejor esperar hasta París -dijo Nena Daconte-. Bien
calienticos y en una cama con sábanas limpias, como la gente casada.
-Es la primera vez que me fallas -dijo él.
-Claro -replicó ella-. Es la primera vez que somos casados.
Poco antes de amanecer se lavaron la cara y orinaron en una
fonda del camino, y tomaron café con croissants calientes en el mostrador donde
los camioneros desayunaban con vino tinto.Nena Daconte se había dado cuenta en
el baño de que tenía manchas de sangre en la blusa y la falda, pero no intentó
lavarlas. Tiró en la basura el pañuelo empapado, se cambió el anillo
matrimonial para la mano izquierda y se lavó bien el dedo herido con agua y
jabón. El pinchazo era casi invisible. Sin embargo, tan pronto como regresaron
al coche volvió a sangrar, de modo que Nena Daconte dejó el brazo colgando
fuera de la ventana, convencida de que el aire glacial de las sementeras tenía
virtudes de cauterio. Fue otro recurso vano pero todavía no se alarmó. “Si
alguien nos quiere encontrar será muy fácil”, dijo con su encanto natural.
“Sólo tendrá que seguir el rastro de mi sangre en la nieve.” Luego pensó mejor
en lo que había dicho y su rostro floreció en las primeras luces del amanecer.
-Imagínate -dijo: -un rastro de sangre en la nieve desde
Madrid hasta París. ¿No te parece bello para una canción?
No tuvo tiempo de volverlo a pensar. En los suburbios de
París, el dedo era un manantial incontenible, y ella sintió de veras que se le
estaba yendo el alma por la herida. Había tratado de segar el flujo con el
rollo de papel higiénico que llevaba en el maletín, pero más tardaba en
vendarse el dedo que en arrojar por la ventana las tiras del papel
ensangrentado. La ropa que llevaba puesta, el abrigo, los asientos del coche,
se iban empapando poco a poco de un modo irreparable. Billy Sánchez se asustó
en serio e insistió en buscar una farmacia, pero ella sabía entonces que
aquello no era asunto de boticarios.
-Estamos casi en la Puerta de Orleáns -dijo-. Sigue de por
la avenida del general Leclerc, que es la más ancha y con muchos árboles, y
después yo te voy diciendo lo que haces.
Fue el trayecto más arduo de todo el viaje. La avenida del
General Leclerc era un nudo infernal de automóviles pequeños y bicicletas,
embotellados en ambos sentidos, y de los camiones enormes que trataban de
llegar a los mercados centrales. Billy Sánchez se puso tan nervioso con el
estruendo inútil de las bocinas, que se insultó a gritos en lengua de cadeneros
con varios conductores y hasta trató de bajarse del coche para pelearse con
uno, pero Nena Daconte logró convencerlo de que los franceses eran la gente más
grosera del mundo, pero no se golpeaban nunca. Fue una prueba más de su buen
juicio, porque en aquel momento Nena Daconte estaba haciendo esfuerzos para no
perder la conciencia.
Sólo para salir de la glorieta del León de Belfort
necesitaron más de una hora. Los cafés y almacenes estaban iluminados como si
fuera la media noche, pues era un martes típico de los eneros de París,
encapotados y sucios y con una llovizna tenaz que no alcanzaba a concretarse en
nieve. Pero la avenida DenferRochereau estaba más despejada, y al cabo de unas
pocas cuadras Nena Daconte le indicó a su marido que doblara a la derecha, y estacionó
frente a la entrada de emergencia de un hospital enorme y sombrío.
Necesitó ayuda para salir del coche, pero no perdió la
serenidad ni la lucidez. Mientras llegaba el médico de turno, acostada en la
camilla rodante, contestó a la enfermera el cuestionario de rutina sobre su
identidad y sus antecedentes de salud. Billy Sánchez le llevó el bolso y le
apretó la mano izquierda donde entonces llevaba el anillo de bodas, y la sintió
lánguida y fría, y sus labios habían perdido el color. Permaneció a su lado,
con la mano en la suya, hasta que llegó el médico de turno y le hizo un examen
rápido al anular herido. Era un hombre muy joven, con la piel del color del
cobre antiguo y la cabeza pelada. Nena Daconte no le prestó atención sino que
dirigió a su marido una sonrisa lívida.
-No te asustes -le dijo, con su humor invencible-. Lo único
que puede suceder es que este caníbal me corte la mano para comérsela.
El médico concluyó el examen, y entonces los sorprendió con
un castellano muy correcto aunque con raro acento asiático.
-No, muchachos -dijo-. Este caníbal prefiere morirse de
hambre antes que cortar una mano tan bella.
Ellos se ofuscaron pero el médico los tranquilizó con un
gesto amable. Luego ordenó que se llevaran la camilla, y Billy Sánchez quiso seguir
con ella cogido de la mano de su mujer. El médico lo detuvo por el brazo.
-Usted no -le dijo-. Va para cuidados intensivos.
Nena Daconte le volvió a sonreír al esposo, y le siguió
diciendo adiós con la mano hasta que la camilla se perdió en el fondo del
corredor. El médico se retrasó estudiando los datos que la enfermera había
escrito en una tablilla. Billy Sánchez lo llamó.
-Doctor -le dijo-. Ella está encinta.
-¿Cuánto tiempo?
-Dos meses.
El médico no le dio la importancia que Billy Sánchez
esperaba. “Hizo bien en decírmelo,” dijo, y se fue detrás de la camilla. Billy
Sánchez se quedó parado en la sala lúgubre olorosa a sudores de enfermos, se
quedó sin saber qué hacer mirando el corredor vacío por donde se habían llevado
a Nena Daconte, y luego se sentó en el escaño de madera donde había otras
personas esperando. No supo cuánto tiempo estuvo ahí, pero cuando decidió salir
del hospital era otra vez de noche y continuaba la llovizna, y él seguía sin
saber ni siquiera qué hacer consigo mismo, abrumado por el peso del mundo.
Nena Daconte ingresó a las 9:30 del martes 7 de enero, según
lo pude comprobar años después en los archivos del hospital. Aquella primera
noche, Billy Sánchez durmió en el coche estacionado frente a la puerta de
urgencias y muy temprano al día siguiente se comió seis huevos cocidos y dos
tazas de café con leche en la cafetería que encontró más cerca, pues no había
hecho una comida completa desde Madrid. Después volvió a la sala de urgencias
para ver a Nena Daconte pero le hicieron entender que debía dirigirse a la
entrada principal. Allí consiguieron, por fin, un asturiano del servicio que lo
ayudó a entenderse con el portero, y éste comprobó que en efecto Nena Daconte
estaba registrada en el hospital, pero que sólo se permitían visitas los martes
de nueve a cuatro. Es decir, seis días después. Trató de ver al médico que
hablaba castellano, a quien describió como un negro con la cabeza pelada, pero
nadie le dio razón con dos detalles tan simples.
Tranquilizado con la noticia de que Nena Daconte estaba en
el registro, volvió al lugar donde había dejado el coche, y un agente de
tránsito lo obligó a estacionar dos cuadras más adelante, en una calle muy
estrecha y del lado de los números impares. En la acera de enfrente había un
edificio restaurado con un letrero: “Hotel Nicole”. Tenía una sola estrella, y
una sala de recibo muy pequeña donde no había más que un sofá y un viejo piano
vertical, pero el propietario de voz aflautada podía entenderse con los
clientes en cualquier idioma a condición de que tuvieran con qué pagar. Billy
Sánchez se instaló con once maletas y nueve cajas de regalos en el único cuarto
libre, que era una mansarda triangular en el noveno piso, a donde se llegaba
sin aliento por una escalera en espiral que olía a espuma de coliflores
hervidas. Las paredes estaban forradas de colgaduras tristes y por la única
ventana no cabía nada más que la claridad turbia del patio interior. Había una
cama para dos, un ropero grande, una silla simple, un bidé portátil y un
aguamanil con su platón y su jarra, de modo que la única manera de estar dentro
del cuarto era acostado en la cama. Todo era peor que viejo, desventurado, pero
también muy limpio, y con un rastro saludable de medicina reciente.
A Billy Sánchez no le habría alcanzado la vida para
descifrar los enigmas de ese mundo fundado en el talento de la cicatería. Nunca
entendió el misterio de la luz de la escalera que se apagaba antes de que él
llegara a su piso, ni descubrió la manera de volver a encenderla. Necesitó
media mañana para aprender que en el rellano de cada piso habla un cuartito con
un excusado de cadena, y ya había decidido usarlo en las tinieblas cuando
descubrió por casualidad que la luz se encendía al pasar el cerrojo por dentro,
para que nadie la dejara encendida por olvido. La ducha, que estaba en el
extremo del corredor y que él se empeñaba en usar des veces al día como en su
tierra, se pagaba aparte y de contado, y el agua caliente, controlada desde la
administración, se acababa a los tres minutos. Sin embargo, Billy Sánchez tuvo
bastante claridad de juicio para comprender que aquel orden tan distinto del
suyo era de todos modos mejor que la intemperie de enero, se sentía además tan
ofuscado y solo que no podía entender cómo pudo vivir alguna vez sin el amparo
de Nena Daconte.
Tan pronto como subió al cuarto, la mañana del miércoles, se
tiró bocabajo en la cama con el abrigo puesto pensando en la criatura de
prodigio que continuaba desangrándose en la acerca de enfrente, y muy pronto
sucumbió en un sueño tan natural que cuando despertó eran las cinco en el
reloj, pero no pudo deducir si eran las cinco de la tarde o del amanecer, ni de
qué día de la semana ni en qué ciudad de vidrios azotados por el viento y la
lluvia. Esperó despierto en la cama, siempre pensando en Nena Daconte, hasta
que pudo comprobar que en realidad amanecía. Entonces fue a desayunar a la
misma cafetería del día anterior, y allí pudo establecer que era jueves. Las
luces del hospital estaban encendidas y había dejado de llover, de modo que
permaneció recostado en el tronco de un castaño frente a la entrada principal,
por donde entraban y salían médicos y enfermeras de batas blancas, con la
esperanza de encontrar al médico asiático que había recibido a Nena Daconte. No
lo vio, ni tampoco esa tarde después del almuerzo, cuando tuvo que desistir de
la espera porque se estaba congelando. A las siete se tomó otro café con leche
y se comió dos huevos duros que él mismo cogió en el aparador después de
cuarenta y ocho horas de estar comiendo la misma cosa en el mismo lugar. Cuando
volvió al hotel para acostarse, encontró su coche solo en una acera y todos los
demás en la acera de enfrente, y tenía puesta la noticia de una multa en el
parabrisas. Al portero del Hotel Nicole le costó trabajo explicarle que en los
días impares del mes se podía estacionar en la acera de números impares, y al
día siguiente en la acera contraria. Tantas artimañas racionalistas resultaban
incomprensibles para un Sánchez de Ávila de los más acendrados que apenas dos
años antes se había metido en un cine de barrio con el automóvil oficial del
alcalde mayor, y había causado estragos de muerte ante los policías impávidos.
Entendió menos todavía cuando el portero del hotel le aconsejó que pagara la
multa, pero que no cambiara el coche de lugar a esa hora, porque tendría que
cambiarlo otra vez a las doce de la noche. Aquella madrugada, por primera vez,
no pensó sólo en Nena Daconte, sino que daba vueltas en la cama sin poder
dormir, pensando en sus propias noches de pesadumbre en las cantinas de maricas
del mercado público de Cartagena del Caribe. Se acordaba del sabor del pescado
frito y el arroz de coco en las fondas del muelle donde atracaban las goletas
de Aruba. Se acordó de su casa con las paredes cubiertas de trinitarias, donde
serían apenas las siete de la noche de ayer, y vio a su padre con una pijama de
seda leyendo el periódico en el fresco de la terraza.
Se acordó de su madre, de quien nunca se sabía dónde estaba
a ninguna hora, su madre apetitosa y lenguaraz, con un traje de domingo y una
rosa en la oreja desde el atardecer, ahogándose de calor por el estorbo de sus
tetas espléndidas. Una tarde, cuando él tenía siete años, había entrado de
pronto en el cuarto de ella y la había sorprendido desnuda en la cama con uno
de sus amantes casuales. Aquel percance del que nunca había hablado, estableció
entre ellos una relación de complicidad que era más útil que el amor. Sin
embargo, él no fue consciente de eso, ni de tantas cosas terribles de su
soledad de hijo único, hasta esa noche en que se encontró dando vueltas en la
cama de una mansarda triste de París, sin nadie a quién contarle su infortunio,
y con una rabia feroz contra sí mismo porque no podía soportar las ganas de
llorar.
Fue un insomnio provechoso. El viernes se levantó estropeado
por la mala noche, pero resuelto a definir su vida. Se decidió por fin a violar
la cerradura de su maleta para cambiarse de ropa pues las llaves de todas
estaban en el bolso de Nena Daconte, con la mayor parte del dinero y la libreta
de teléfonos donde tal vez hubiera encontrado el número de algún conocido de
París. En la cafetería de siempre se dio cuenta de que había aprendido a saludar
en francés y a pedir sanduiches de jamón y café con leche. También sabía que
nunca le sería posible ordenar mantequilla ni huevos en ninguna forma, porque
nunca los aprendería a decir, pero la mantequilla la servían siempre con el
pan, y los huevos duros estaban a la vista en el aparador y se cogían sin
pedirlos. Además, al cabo de tres días, el personal de servicio se habla
familiarizado con él, y lo ayudaban a explicarse. De modo que el viernes al
almuerzo, mientras trataba de poner la cabeza en su puesto, ordenó un filete de
ternera con papas fritas y una botella de vino. Entonces se sintió tan bien que
pidió otra botella, la bebió hasta la mitad, y atravesó la calle con la
resolución firme de meterse en el hospital por la fuerza. No sabia dónde encontrar
a Nena Daconte, pero en su mente estaba fija la imagen providencial del médico
asiático, y estaba seguro de encontrarlo. No entró por la puerta principal sino
por la de urgencias, que le había parecido menos vigilada, pero no alcanzó a
llegar más allá del corredor donde Nena Daconte le había dicho adiós con la
mano. Un guardián con la bata salpicada de sangre le preguntó algo al pasar, y
él no le prestó atención. El guardián lo siguió, repitiendo siempre la misma
pregunta en francés, y por último lo agarró del brazo con tanta fuerza que lo
detuvo en seco. Billy Sánchez trató de sacudírselo con un recurso de cadenero,
y entonces el guardián se cagó en su madre en francés, le torció el brazo en la
espalda con una llave maestra, y sin dejar de cagarse mil veces en su puta
madre lo llevó casi en vilo hasta la puerta, rabiando de dolor, y lo tiró como
un bulto de papas en la mitad de la calle.
Aquella tarde, dolorido por el escarmiento, Billy Sánchez
empezó a ser adulto. Decidió, como lo hubiera hecho Nena Daconte, acudir a su
embajador. El portero del hotel, que a pesar de su catadura huraña era muy
servicial, y además muy paciente con los idiomas, encontró el número y la
dirección de la embajada en el directorio telefónico, y se los anotó en una
tarjeta.Contestó una mujer muy amable, en cuya voz pausada y sin brillo
reconoció Billy Sánchez de inmediato la dicción de los Andes. Empezó por
anunciarse con su nombre completo, seguro de impresionar a la mujer con sus dos
apellidos, pero la voz no se alteró en el teléfono. La oyó explicar la lección
de memoria de que el señor embajador no estaba por el momento en su oficina,
que no lo esperaban hasta el día siguiente, pero que de todos modos no podía
recibirlo sino con cita previa y sólo para un caso especial. Billy Sánchez
comprendió entonces que por ese camino tampoco llegaría hasta Nena Daconte, y
agradeció la información con la misma amabilidad con que se la habían dado.
Luego tomó un taxi y se fue a la embajada.
Estaba en el número 22 de la calle Elíseo, dentro de uno de
los sectores más apacibles de París, pero lo único que le impresionó a Billy
Sánchez, según él mismo me contó en Cartagena de Indias muchos años después,
fue que el sol estaba tan claro como en el Caribe por la primera vez desde su
llegada, y que la Torre Eiffel sobresalía por encima de la ciudad en un cielo
radiante. El funcionario que lo recibió en lugar del embajador parecía apenas
restablecido de una enfermedad mortal, no sólo por el vestido de paño negro, el
cuello opresivo y la corbata de luto, sino también por el sigilo de sus
ademanes y la mansedumbre de la voz. Entendió la ansiedad de Billy Sánchez,
pero le recordó, sin perder la dulzura, que estaban en un país civilizado cuyas
normas estrictas se fundamentaban en criterios muy antiguos y sabios, al
contrario de las Américas bárbaras, donde bastaba con sobornar al portero para
entrar en los hospitales. “No, mi querido joven,” le dijo. No había más remedio
que someterse al imperio de la razón, y esperar hasta el martes.
-Al fin y al cabo, ya no faltan sino cuatro días -concluyó-.
Mientras tanto, vaya al Louvre. Vale la pena.
Al salir Billy Sánchez se encontró sin saber qué hacer en la
Plaza de la Concordia. Vio la Torre Eiffel por encima de los tejados, y le
pareció tan cercana que trató de llegar hasta ella caminando por los muelles.
Pero muy pronto se dio cuenta de que estaba más lejos de lo que parecía, y que
además cambiaba de lugar a medida que la buscaba. Así que se puso a pensar en
Nena Daconte sentado en un banco de la orilla del Sena. Vio pasar los
remolcadores por debajo de los puentes, y no le parecieron barcos sino casas
errantes con techos colorados y ventanas con tiestos de flores en el alféizar,
y alambres con ropa puesta a secar en los planchones. Contempló durante un largo
rato a un pescador inmóvil, con la caña inmóvil y el hilo inmóvil en la
corriente, y se cansó de esperar a que algo se moviera, hasta que empezó a
oscurecer y decidió tomar un taxi para regresar al hotel. Sólo entonces cayó en
la cuenta de que ignoraba el nombre y la dirección y de que no tenía la menor
idea del sector de París en donde estaba el hospital.
Ofuscado por el pánico, entró en el primer café que
encontró, pidió un cogñac y trató de poner sus pensamientos en orden. Mientras
pensaba se vio repetido muchas veces y desde ángulos distintos en los espejos
numerosos de las paredes, y se encontró asustado y solitario, y por primera vez
desde su nacimiento pensó en la realidad de la muerte. Pero con la segunda copa
se sintió mejor, y tuvo la idea providencial de volver a la embajada. Buscó la
tarjeta en el bolsillo para recordar el nombre de la calle, y descubrió que en
el dorso estaba impreso el nombre y la dirección del hotel. Quedó tan mal
impresionado con aquella experiencia, que durante el fin de semana no volvió a
salir del cuarto sino para comer, y para cambiar el coche a la acera
correspondiente. Durante tres días cayó sin pausas la misma llovizna sucia de
la mañana en que llegaron. Billy Sánchez, que nunca había leído un libro
completo, hubiera querido tener uno para no aburrirse tirado en la cama, pero
los únicos que encontró en las maletas de su esposa eran en idiomas distintos
del castellano. Así que siguió esperando el martes, contemplando los
pavorreales repetidos en el papel de las paredes y sin dejar de pensar un solo
instante en Nena Daconte. El lunes puso un poco de orden en el cuarto, pensando
en lo que diría ella si lo encontraba en ese estado, y sólo entonces descubrió
que el abrigo de visón estaba manchado de sangre seca. Pasó la tarde lavándolo
con el jabón de olor que encontró en el maletín de mano, hasta que logró
dejarlo otra vez como lo habían subido al avión en Madrid.
El martes amaneció turbio y helado, pero sin la llovizna, y
Billy Sánchez se levantó desde las seis, y esperó en la puerta del hospital
junto con una muchedumbre de parientes de enfermos cargados de paquetes de
regalos y ramos de flores. Entró con el tropel, llevando en el brazo el abrigo
de visón, sin preguntar nada y sin ninguna idea de dónde podía estar Nena Daconte,
pero sostenido por la certidumbre de que había de encontrar al médico asiático.
Pasó por un patio interior muy grande con flores y pájaros silvestres, a cuyos
lados estaban los pabellones de los enfermos: las mujeres, a la derecha, y los
hombres, a la izquierda. Siguiendo a los visitantes, entró en el pabellón de
mujeres. Vio una larga hilera de enfermas sentadas en las camas con el camisón
de trapo del hospital, iluminadas por las luces grandes de las ventanas, y
hasta pensó que todo aquello era más alegre de lo que se podía imaginar desde
fuera. Llegó hasta el extremo del corredor, y luego lo recorrió de nuevo en
sentido inverso, hasta convencerse de que ninguna de las enfermas era Nena
Daconte. Luego recorrió otra vez la galería exterior mirando por la ventana de
los pabellones masculinos, hasta que creyó reconocer al médico que buscaba.
Era él, en efecto. Estaba con otros médicos y varias
enfermeras, examinando a un enfermo. Billy Sánchez entró en el pabellón, apartó
a una de las enfermeras del grupo, y se paró frente al médico asiático, que
estaba inclinado sobre el enfermo. Lo llamó. El médico levantó sus ojos
desolados, pensó un instante, y entonces lo reconoció.
-¡Pero dónde diablos se había metido usted! -dijo.
Billy Sánchez se quedó perplejo.
-En el hotel -dijo-. Aquí a la vuelta.
Entonces lo supo. Nena Daconte había muerto desangrada a las
7:10 de la noche del jueves 9 de enero, después de setenta horas de esfuerzos
inútiles de los especialistas mejor calificados de Francia. Hasta el último
instante había estado lúcida y serena, y dio instrucciones para que buscaran a
su marido en el hotel Plaza Athenée, tenían una habitación reservada, y dio los
datos para que se pusieran en contacto con sus padres. La embajada había sido
informada el viernes por un cable urgente de su cancillería, cuando ya los
padres de Nena Daconte volaban hacia París. El embajador en persona se encargó
de los trámites de embalsamamiento y los funerales, y permaneció en contacto
con la Prefectura de Policía de París para localizar a Billy Sánchez. Un
llamado urgente con sus datos personales fue transmitido desde la noche del
viernes hasta la tarde del domingo a través de la radio y la televisión, y
durante esas 40 horas fue el hombre más buscado de Francia. Su retrato,
encontrado en el bolso de Nena Daconte, estaba expuesto por todas partes. Tres
Bentleys convertibles del mismo modelo habían sido localizados, pero ninguno
era el suyo.
Los padres de Nena Daconte habían llegado el sábado al
mediodía, y velaron el cadáver en la capilla del hospital esperando hasta
última hora encontrar a Billy Sánchez. También los padres de éste habían sido
informados, y estuvieron listos para volar a París, pero al final desistieron
por una confusión de telegramas. Los funerales tuvieron lugar el domingo a las
dos de la tarde, a sólo doscientos metros del sórdido cuarto del hotel donde
Billy Sánchez agonizaba de soledad por el amor de Nena Daconte. El funcionario
que lo había atendido en la embajada me dijo años más tarde que él mismo recibió
el telegrama de su cancillería una hora después de que Billy Sánchez salió de
su oficina, y que estuvo buscándolo por los bares sigilosos del Faubourg-St.
Honoré. Me confesó que no le había puesto mucha atención cuando lo recibió,
porque nunca se hubiera imaginado que aquel costeño aturdido con la novedad de
París, y con un abrigo de cordero tan mal llevado, tuviera a su favor un origen
tan ilustre. El mismo domingo por la noche, mientras él soportaba las ganas de
llorar de rabia, los padres de Nena Daconte desistieron de la búsqueda y se
llevaron el cuerpo embalsamado dentro de un ataúd metálico, y quienes
alcanzaron a verlo siguieron repitiendo durante muchos años que no habían visto
nunca una mujer más hermosa, ni viva ni muerta. De modo que cuando Billy
Sánchez entró por fin al hospital, el martes por la mañana, ya se había
consumado el entierro en el triste panteón de la Manga, a muy pocos metros de
la casa donde ellos habían descifrado las primeras claves de la felicidad. El
médico asiático que puso a Billy Sánchez al corriente de la tragedia quiso
darle unas pastillas calmantes en la sala del hospital, pero él las rechazó. Se
fue sin despedirse, sin nada qué agradecer, pensando que lo único que
necesitaba con urgencia era encontrar a alguien a quien romperle la madre a
cadenazos para desquitarse de su desgracia.Cuando salió del hospital, ni
siquiera se dio cuenta de que estaba cayendo del cielo una nieve sin rastros de
sangre, cuyos copos tiernos y nítidos parecían plumitas de palomas, y que en
las calles de París había un aire de fiesta, porque era la primera nevada
grande en diez años.
La luz es como el agua
[Cuento - Texto completo.]
Gabriel García Márquez
En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.
-De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a
Cartagena.
Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos
de lo que sus padres creían.
-No -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí.
-Para empezar -dijo la madre-, aquí no hay más aguas
navegables que la que sale de la ducha.
Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de
Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio
para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso
quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella
pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante
y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían
ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la
más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un
hilo dorado en la línea de flotación.
-El bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-.
El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y
en el garaje no hay más espacio disponible.
Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños
invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron
llevarlo hasta el cuarto de servicio.
-Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué?
-Ahora nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era
tener el bote en el cuarto, y ya está.
La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres
se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y
ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un
chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota,
y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron
la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la
casa.
Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía
cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios
domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar
un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.
-La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y
sale.
De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche,
aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres
regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme.
Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina.
Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.
-Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de
remos que no les sirve para nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran
tener además equipos de buceo.
-¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre?
-dijo Joel.
-No -dijo la madre, asustada-. Ya no más.
El padre le reprochó su intransigencia.
-Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con
su deber -dijo ella-, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la
silla del maestro.
Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó
y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en
julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa
misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio
los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles
siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el
apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por
debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas
que durante años se habían perdido en la oscuridad.
En la premiación final los hermanos fueron aclamados como
ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no
tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos
fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a
los compañeros de curso.
El papá, a solas con su mujer, estaba radiante.
-Es una prueba de madurez -dijo.
-Dios te oiga -dijo la madre.
El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla
de Argel , la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía
de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se
derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un
torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.
Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del
quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y
los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos
niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila
que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos,
en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la
cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para
bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de
mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga
iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los
preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá,
y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en
el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.
Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba
sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta,
buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y
Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el
sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase,
eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el
himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector,
de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían
abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el
cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había
ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid
de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni
río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de
navegar en la luz.
Ladrón de sábado
[Cuento -
Texto completo.]
Gabriel García Márquez
Hugo, un ladrón que sólo roba los fines de semana, entra en una casa un
sábado por la noche. Ana, la dueña, una treintañera guapa e insomne
empedernida, lo descubre in fraganti. Amenazada con la pistola, la
mujer le entrega todas las joyas y cosas de valor, y le pide que no se acerque
a Pauli, su niña de tres años. Sin embargo, la niña lo ve, y él la conquista
con algunos trucos de magia. Hugo piensa: «¿Por qué irse tan pronto, si se está
tan bien aquí?» Podría quedarse todo el fin de semana y gozar plenamente la
situación, pues el marido -lo sabe porque los ha espiado- no regresa de su
viaje de negocios hasta el domingo en la noche. El ladrón no lo piensa mucho:
se pone los pantalones del señor de la casa y le pide a Ana que cocine para él,
que saque el vino de la cava y que ponga algo de música para cenar, porque sin
música no puede vivir.
A Ana, preocupada por Pauli, mientras prepara la cena se le ocurre algo
para sacar al tipo de su casa. Pero no puede hacer gran cosa porque Hugo cortó
los cables del teléfono, la casa está muy alejada, es de noche y nadie va a
llegar. Ana decide poner una pastilla para dormir en la copa de Hugo. Durante
la cena, el ladrón, que entre semana es velador de un banco, descubre que Ana
es la conductora de su programa favorito de radio, el programa de música
popular que oye todas las noches, sin falta. Hugo es su gran admirador y.
mientras escuchan al gran Benny cantando Cómo fue en un
casete, hablan sobre música y músicos. Ana se arrepiente de dormirlo pues Hugo
se comporta tranquilamente y no tiene intenciones de lastimarla ni violentarla,
pero ya es tarde porque el somnífero ya está en la copa y el ladrón la bebe
toda muy contento. Sin embargo, ha habido una equivocación, y quien ha tomado
la copa con la pastilla es ella. Ana se queda dormida en un dos por tres.
A la mañana siguiente Ana despierta completamente vestida y muy bien
tapada con una cobija, en su recámara. En el jardín, Hugo y Pauli juegan, ya
que han terminado de hacer el desayuno. Ana se sorprende de lo bien que se
llevan. Además, le encanta cómo cocina ese ladrón que, a fin de cuentas, es
bastante atractivo. Ana empieza a sentir una extraña felicidad.
En esos momentos una amiga pasa para invitarla a comer. Hugo se pone
nervioso pero Ana inventa que la niña está enferma y la despide de inmediato.
Así los tres se quedan juntitos en casa a disfrutar del domingo. Hugo repara
las ventanas y el teléfono que descompuso la noche anterior, mientras silba.
Ana se entera de que él baila muy bien el danzón, baile que a ella le encanta
pero que nunca puede practicar con nadie. Él le propone que bailen una pieza y
se acoplan de tal manera que bailan hasta ya entrada la tarde. Pauli los
observa, aplaude y, finalmente se queda dormida. Rendidos, terminan tirados en
un sillón de la sala.
Para entonces ya se les fue el santo al cielo, pues es hora de que el
marido regrese. Aunque Ana se resiste, Hugo le devuelve casi todo lo que había
robado, le da algunos consejos para que no se metan en su casa los ladrones, y
se despide de las dos mujeres con no poca tristeza. Ana lo mira alejarse. Hugo
está por desaparecer y ella lo llama a voces. Cuando regresa le dice, mirándole
muy fijo a los ojos, que el próximo fin de semana su esposo va a volver a salir
de viaje. El ladrón de sábado se va feliz, bailando por las calles del barrio,
mientras anochece.
FIN
Solo vine a hablar por teléfono
[Cuento - Texto completo.]
Gabriel García Márquez
Una tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia
Barcelona conduciendo un coche alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió una
avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años,
bonita y seria, que años antes había tenido un cierto nombre como artista de
variedades. Estaba casada con un prestidigitador de salón, con quien iba a
reunirse aquel día después de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de
una hora de señas desesperadas a los automóviles y camiones de carga que
pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se
compadeció de ella. Le advirtió, eso sí, que no iba muy lejos.
-No importa -dijo María-. Lo único que necesito es un
teléfono.
Era cierto, y solo lo necesitaba para prevenir a su marido
de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito
ensopado, con un abrigo de estudiante y los zapatos de playa en abril, y estaba
tan aturdida por el percance que olvidó llevarse las llaves del automóvil. Una
mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras
dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado. Después de
secarse a medias, María se sentó, se envolvió en la manta, y trató de encender
un cigarrillo, pero los fósforos estaban mojados. La vecina del asiento le dio
fuego y le pidió un cigarrillo de los pocos que le quedaban secos. Mientras
fumaban, María cedió a las ansias de desahogarse, y su voz resonó más que la
lluvia o el traqueteo del autobús. La mujer la interrumpió con el índice en los
labios.
-Están dormidas -murmuró.
María miró por encima del hombro, y vio que el autobús
estaba ocupado por mujeres de edades inciertas y condiciones distintas, que
dormían arropadas con mantas iguales a la suya. Contagiada por su placidez,
María se enroscó en el asiento y se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando se
despertó era de noche y el aguacero se había disuelto en un sereno helado. No
tenía la menor idea de cuánto tiempo había dormido ni en qué lugar del mundo se
encontraban. Su vecina de asiento tenía una actitud de alerta.
-¿Dónde estamos? -le preguntó María.
-Hemos llegado -contestó la mujer.
El autobús estaba entrando en el patio empedrado de un
edificio enorme y sombrío que parecía un viejo convento en un bosque de árboles
colosales. Las pasajeras, alumbradas a penas por un farol del patio,
permanecieron inmóviles hasta que la mujer de aspecto militar las hizo
descender con un sistema de órdenes primarias, como en un parvulario. Todas
eran mayores, y se movían con tal parsimonia que parecían imágenes de un sueño.
María, la última en descender, pensó que eran monjas. Lo pensó menos cuando vio
a varias mujeres de uniforme que las recibieron a la puerta del autobús, y que
les cubrían la cabeza con las mantas para que no se mojaran, y las ponían en
fila india, dirigiéndolas sin hablarles, con palmadas rítmicas y perentorias.
Después de despedirse de su vecina de asiento María quiso devolverle la manta,
pero ella le dijo que se cubriera la cabeza para atravesar el patio, y la devolviera
en portería.
-¿Habrá un teléfono? -le preguntó María.
-Por supuesto -dijo la mujer-. Ahí mismo le indican.
Le pidió a María otro cigarrillo, y ella le dio el resto del
paquete mojado. “En el camino se secan”, le dijo. La mujer le hizo un adiós con
la mano desde el estribo, y casi le gritó “Buena suerte”. El autobús arrancó
sin darle tiempo de más.
María empezó a correr hacia la entrada del edificio. Una
guardiana trató de detenerla con una palmada enérgica, pero tuvo que apelar a
un grito imperioso: “¡Alto he dicho!”. María miró por debajo de la manta, y vio
unos ojos de hielo y un índice inapelable que le indicó la fila. Obedeció. Ya
en el zaguán del edificio se separó del grupo y preguntó al portero dónde había
un teléfono. Una de las guardianas la hizo volver a la fila con palmaditas en
la espalda, mientras le decía con modos dulces:
-Por aquí, guapa, por aquí hay un teléfono.
María siguió con las otras mujeres por un corredor
tenebroso, y al final entró en un dormitorio colectivo donde las guardianas
recogieron las cobijas y empezaron a repartir las camas. Una mujer distinta,
que a María le pareció más humana y de jerarquía más alta, recorrió la fila
comparando una lista con los nombres que las recién llegadas tenían escritos en
un cartón cosido en el corpiño. Cuando llegó frente a María se sorprendió de
que no llevara su identificación.
-Es que yo solo vine a hablar por teléfono -le dijo María.
Le explicó a toda prisa que su automóvil se había
descompuesto en la carretera. El marido, que era mago de fiestas, estaba
esperándola en Barcelona para cumplir tres compromisos hasta la media noche, y
quería avisarle de que no estaría a tiempo para acompañarlo. Iban a ser las
siete. Él debía salir de la casa dentro de diez minutos, y ella temía que
cancelara todo por su demora. La guardiana pareció escucharla con atención.
-¿Cómo te llamas? -le preguntó.
María le dijo su nombre con un suspiro de alivio, pero la
mujer no lo encontró después de repasar la lista varias veces. Se lo preguntó
alarmada a una guardiana, y ésta, sin nada que decir, se encogió de hombros.
-Es que yo solo vine a hablar por teléfono -dijo María.
-De acuerdo, maja -le dijo la superiora, llevándola hacia su
cama con una dulzura demasiado ostensible para ser real-, si te portas bien
podrás hablar por teléfono con quien quieras. Pero ahora no, mañana.
Algo sucedió entonces en la mente de María que le hizo
entender por qué las mujeres del autobús se movían como en el fondo de un
acuario. En realidad estaban apaciguadas con sedantes, y aquel palacio en
sombras, con gruesos muros de cantería y escaleras heladas, era en realidad un
hospital de enfermas mentales. Asustada, escapó corriendo del dormitorio, y
antes de llegar al portón una guardiana gigantesca con un mameluco de mecánico
la atrapó de un zarpazo y la inmovilizó en el suelo con una llave maestra.
María la miró de través paralizada por el terror.
-Por el amor de Dios -dijo-. Le juro por mi madre muerta que
solo vine a hablar por teléfono.
Le bastó con verle la cara para saber que no había súplica
posible ante aquella energúmena de mameluco a quien llamaban Herculina por su
fuerza descomunal. Era la encargada de los casos difíciles, y dos reclusas
habían muerto estranguladas con su brazo de oso polar adiestrado en el arte de
matar por descuido. El primer caso se resolvió como un accidente comprobado. El
segundo fue menos claro, y Herculina fue amonestada y advertida de que la
próxima vez sería investigada a fondo. La versión corriente era que aquella
oveja descarriada de una familia de apellidos grandes tenía una turbia carrera
de accidentes dudosos en varios manicomios de España.
Para que María durmiera la primera noche, tuvieron que
inyectarle un somnífero. Antes de amanecer, cuando la despertaron las ansias de
fumar, estaba amarrada por las muñecas y los tobillos en las barras de la cama.
Nadie acudió a sus gritos. Por la mañana, mientras el marido no encontraba en
Barcelona ninguna pista de su paradero, tuvieron que llevarla a la enfermería,
pues la encontraron sin sentido en un pantano de sus propias miserias.
No supo cuánto tiempo había pasado cuando volvió en sí. Pero
entonces el mundo era un remanso de amor, y estaba frente a su cama un anciano
monumental, con una andadura de plantígrado y una sonrisa sedante, que con dos
pases maestros le devolvió la dicha de vivir. Era el director del sanatorio.
Antes de decirle nada, sin saludarlo siquiera, María le
pidió un cigarrillo. Él se lo dio encendido, y le regaló el paquete casi lleno.
María no pudo reprimir el llanto.
-Aprovecha ahora para llorar cuanto quieras -le dijo el
médico, con voz adormecedora-. No hay mejor remedio que las lágrimas.
María se desahogó sin pudor, como nunca logró hacerlo con
sus amantes casuales en los tedios de después del amor. Mientras la oía, el
médico la peinaba con los dedos, le arreglaba la almohada para que respirara
mejor, la guiaba por el laberinto de su incertidumbre con una sabiduría y una
dulzura que ella no había soñado jamás. Era, por primera vez en su vida, el
prodigio de ser comprendida por un hombre que la escuchaba con toda el alma sin
esperar la recompensa de acostarse con ella. Al cabo de una hora larga,
desahogada a fondo, le pidió autorización para hablarle por teléfono a su
marido.
El médico se incorporo con toda la majestad de su rango.
“Todavía no, reina”, le dijo, dándole en la mejilla la palmadita más tierna que
había sentido nunca. “Todo se hará a su tiempo”. Le hizo desde la puerta una
bendición episcopal, y desapareció para siempre.
-Confía en mi -le dijo.
Esa misma tarde María fue inscrita en el asilo con un número
de serie, y con un comentario superficial sobre el enigma de su procedencia y
las dudas sobre su identidad. Al margen quedó una calificación escrita de puño
y letra del director: agitada.
Tal como María lo había previsto, el marido salió de su
modesto apartamento del barrio de Horta con media hora de retraso para cumplir
los tres compromisos. Era la primera vez que ella no llegaba a tiempo en casi
dos años de una unión libre bien concertada, y él entendió el retraso por la
ferocidad de las lluvias que asolaron la provincia aquel fin de semana. Antes
de salir dejó un mensaje clavado en la puerta con el itinerario de la noche.
En la primera fiesta, con todos los niños disfrazados de
canguro, prescindió del truco estelar de los peces invisibles porque no podía
hacerlo sin la ayuda de ella. El segundo compromiso era en casa de una anciana
de noventa y tres años, en silla de ruedas, que se preciaba de haber celebrado
cada uno de sus últimos treinta cumpleaños con un mago distinto. Él estaba tan
contrariado con la demora de María, que no pudo concentrarse en las suertes más
simples. El tercer compromiso era el de todas las noches en un café concierto
de las Ramblas, donde actuó sin inspiración para un grupo de turistas franceses
que no pudieron creer lo que veían porque se negaban a creer en la magia.
Después de cada representación llamó por teléfono a su casa, y esperó sin
ilusiones a que María le contestara. En la última ya no pudo reprimir la
inquietud de que algo malo había ocurrido.
De regreso a casa en la camioneta adaptada para las
funciones públicas vio el esplendor de la primavera en las palmeras del Paseo
de Gracia, y lo estremeció el pensamiento aciago de cómo podía ser la ciudad
sin María. La última esperanza se desvaneció cuando encontró su recado todavía
prendido en la puerta. Estaba tan contrariado, que se le olvidó darle la comida
al gato.
Solo ahora que lo escribo caigo en la cuenta de que nunca
supe cómo se llamaba en realidad, porque en Barcelona solo lo conocíamos con su
nombre profesional: Saturno el Mago. Era un hombre de carácter raro y con una
torpeza social irremediable, pero el tacto y la gracia que le hacían falta le
sobraban a María. Era ella quien lo llevaba de la mano en esta comunidad de
grandes misterios, donde a nadie se le hubiera ocurrido llamar a nadie por
teléfono después de la media noche para preguntar por su mujer. Saturno lo
había hecho de recién venido y no quería recordarlo. Así que esa noche se
conformó con llamar a Zaragoza, donde una abuela medio dormida le contestó sin
alarma que María había partido después del almuerzo. No durmió más de una hora
al amanecer. Tuvo un sueño cenagoso en el cual vio a María con un vestido de
novia en piltrafas y salpicado de sangre, y despertó con la certidumbre
pavorosa de que había vuelto a dejarlo solo, y ahora para siempre, en el vasto
mundo sin ella.
Lo había hecho tres veces con tres hombres distintos,
incluso él, en los últimos cinco años. Lo había abandonado en Ciudad de México a
los seis meses de conocerse, cuando agonizaban de felicidad con un amor demente
en un cuarto de servicio de la colonia Anzures. Una mañana María no amaneció en
la casa después de una noche de abusos inconfesables. Dejó todo lo que era
suyo, hasta el anillo de su matrimonio anterior, y una carta en la cual decía
que no era capaz de sobrevivir al tormento de aquel amor desatinado. Saturno
pensó que había vuelto con su primer esposo, un condiscípulo de la escuela
secundaria con quien se casó a escondidas siendo menor de edad, y al cual
abandonó por otro al cabo de dos años sin amor. Pero no: había vuelto a casa de
sus padres, y allí fue Saturno a buscarla a cualquier precio. Le rogó sin
condiciones, le prometio mucho más de lo que estaba resuelto a cumplir, pero
tropezó con una determinación invencible. “Hay amores cortos y hay amores
largos”, le dijo ella. Y concluyó sin misericordia: “Este fue corto”. Él se
rindió ante su rigor. Sin embargo, una madrugada de Todos los Santos, al volver
a su cuarto de huérfano después de casi un año de olvido, la encontró dormida
en el sofá de la sala con la corona de azahares y la larga cola de espuma de
las novias vírgenes.
María le contó la verdad. El nuevo novio, viudo, sin hijos,
con la vida resuelta y la disposición de casarse para siempre por la iglesia
católica, la había dejado vestida y esperando en el altar. Sus padres
decidieron hacer la fiesta de todos modos. Ella siguió el juego. Bailó, cantó
con los mariachis, se pasó de tragos, y en un terrible estado de remordimientos
tardíos se fue a la media noche a buscar a Saturno.
No estaba en casa, pero encontró las llaves en la maceta de
flores del corredor, donde las escondieron siempre. Esta vez fue ella quien se
le rindió sin condiciones. “¿Y ahora hasta cuando?”, le preguntó él. Ella le
contestó con un verso de Vinicius de Moraes: “El amor es eterno mientras dura”.
Dos años después, seguía siendo eterno.
María pareció madurar. Renunció a sus sueños de actriz y se
consagró a él, tanto en el oficio como en la cama. A finales del año anterior
habían asistido a un congreso de magos en Perpignan, y de regreso conocieron a
Barcelona. Les gustó tanto que llevaban ocho meses aquí, y les iba tan bien,
que habían comprado un apartamento en el muy catalán barrio de Horta, ruidoso y
sin portero, pero con espacio de sobra para cinco hijos. Había sido la
felicidad posible, hasta el fin de semana en que ella alquiló un automóvil y se
fue a visitar a sus parientes de Zaragoza con la promesa de volver a las siete
de la noche del lunes. Al amanecer del jueves, todavía no había dado señales de
vida.
El lunes de la semana siguiente la compañía de seguros del
automóvil alquilado llamó por teléfono a casa para preguntar por María. “No sé
nada”, dijo Saturno. “Búsquenla en Zaragoza”. Colgó. Una semana después un
policía civil fue a su casa con la noticia de que habían hallado el automóvil
en los puros huesos, en un atajo cerca de Cádiz, a novecientos kilómetros del
lugar donde María lo abandonó. El agente quería saber si ella tenía más
detalles del robo. Saturno estaba dándole de comer al gato, y apenas si lo miro
para decirle sin más vueltas que no perdieran el tiempo, pues su mujer se había
fugado de la casa y él no sabía con quién ni para dónde. Era tal su convicción,
que el agente se sintió incómodo y le pidió perdón por sus preguntas. El caso
se declaró cerrado.
El recelo de que María pudiera irse otra vez había asaltado
a Saturno por Pascua Florida en Cadaqués, adonde Rosa Regás los habían invitado
a navegar a vela. Estábamos en el Marítim, el populoso y sórdido bar de la
gauche divine en el crepúsculo del franquismo, alrededor de una de aquellas
mesas de hierro con sillas de hierro donde solo cabíamos seis a duras penas y
nos sentábamos veinte. Después de agotar la segunda cajetilla de cigarrillos de
la jornada, María se encontró sin fósforos. Un brazo escuálido de vellos
viriles con una esclava de bronce romano se abrió paso entre el tumulto de la
mesa, y le dio fuego. Ella lo agradeció sin mirar a quién, pero Saturno el Mago
lo vio. Era un adolescente óseo y lampiño, de una palidez de muerto y una cola
de caballo muy negra que le daba a la cintura. Los cristales del bar soportaban
apenas la furia de la tramontana de primavera, pero él iba vestido con una
especie de piyama callejero de algodón crudo, y unas albarcas de labrador.
No volvieron a verlo hasta fines del otoño, en un hostal de
mariscos de La Barceloneta, con el mismo conjunto de zaraza ordinaria y una
larga trenza en vez de la cola de caballo. Los saludó a ambos como a viejos
amigos, y por el modo como besó a María, y por el modo como ella le
correspondió, a Saturno lo fulminó la sospecha de que habían estado viéndose a
escondidas. Días después encontró por casualidad un nombre nuevo y un numero de
teléfono escritos por María en el directorio doméstico, y la inclemente lucidez
de los celos le reveló de quién eran. El prontuario social del intruso acabó de
rematarlo: veintidós años, hijo único de ricos, decorador de vitrinas de moda,
con una fama fácil de bisexual y un prestigio bien fundado como consolador de
alquiler de señoras casadas. Pero logró sobreponerse hasta la noche en que
María no volvió a casa. Entonces empezó a llamarlo por teléfono todos los días,
primero cada dos o tres horas, desde las seis de la mañana hasta la madrugada
siguiente, y después cada vez que encontraba un teléfono a la mano. El hecho de
que nadie contestara aumentaba su martirio.
Al cuarto día le contestó una andaluza que solo iba a hacer
la limpieza. “El señorito se ha ido”, le dijo, con suficiente vaguedad para
enloquecerlo. Saturno no resistió la tentación de preguntarle si por casualidad
no estaba ahí la señorita María.
-Aquí no vive ninguna María -le dijo la mujer-. El señorito
es soltero.
-Ya lo sé -le dijo él -. No vive, pero a veces va. ¿O no?
La mujer se encabritó.
-¿Pero quién coño habla ahí?
Saturno colgó. La negativa de la mujer le pareció una
confirmación más de lo que ya no era para él una sospecha sino una certidumbre
ardiente. Perdió el control. En los días siguientes llamó por orden alfabético
a todos los conocidos de Barcelona. Nadie le dio razón, pero cada llamada le
agravó la desdicha, porque sus delirios de celos eran ya célebres entre los
trasnochadores impenitentes de la gauche divine, y le contestaban con cualquier
broma que lo hiciera sufrir. Solo entonces comprendió hasta qué punto estaba
solo en aquella ciudad hermosa, lunática e impenetrable, en la que nunca sería
feliz. Por la madrugada, después de darle de comer al gato, se apretó el
corazón para no morir, y tomó la determinación de olvidar a María.
A los dos meses, María no se había adaptado aún a la vida
del sanatorio. Sobrevivía picoteando apenas la pitanza de cárcel con los
cubiertos encadenados al mesón de madera bruta, y la vista fija en la
litografía del general Francisco Franco que presidía el lúgubre comedor
medieval. Al principio se resistía a las horas canónicas con su rutina
bobalicona de maitines, laudes, vísperas, y otros oficios de iglesia que
ocupaban la mayor parte del tiempo. Se negaba a jugar a la pelota en el patio
de recreo, y a trabajar en el taller de flores artificiales que un grupo de
reclusas atendía con una diligencia frenética. Pero a partir de la tercera
semana fue incorporándose poco a poco a la vida del claustro. A fin de cuentas,
decían los médicos, así empezaban todas, y tarde o temprano terminaban por
integrarse a la comunidad.
La falta de cigarrillos, resuelta en los primeros días por
una guardiana que se los vendía a precio de oro, volvió a atormentarla cuando
se le agotó el poco dinero que llevaba. Se consoló después con los cigarrillos
de papel periódico que algunas reclusas fabricaban con las colillas recogidas
de la basura, pues la obsesión de fumar había llegado a ser tan intensa como la
del teléfono. Las pesetas exiguas que se ganó más tarde fabricando flores
artificiales le permitieron un alivio efímero.
Lo más duro era la soledad de las noches. Muchas reclusas
permanecían despiertas en la penumbra, como ella, pero sin atreverse a nada,
pues la guardiana nocturna velaba también el portón cerrado con cadena y
candado. Una noche, sin embargo, abrumada por la pesadumbre, María preguntó con
voz suficiente para que le oyera su vecina de cama:
-¿Dónde estamos?
La voz grave y lúcida de la vecina le contestó:
-En los profundos infiernos.
-Dicen que esta es tierra de moros -dijo otra voz distante
que resonó en el ámbito del dormitorio-. Y debe ser cierto, porque en verano, cuando
hay luna, se oye a los perros ladrándole a la mar.
Se oyó la cadena en las argollas como un ancla de galeón, y
la puerta se abrió. La cancerbera, el único ser que parecía vivo en el silencio
instantáneo, empezó a pasearse de un extremo al otro del dormitorio. María se
sobrecogió, y solo ella sabía por qué.
Desde su primera semana en el sanatorio, la vigilante
nocturna le había propuesto sin rodeos que durmiera con ella en el cuarto de
guardia. Empezó con un tono de negocio concreto: trueque de amor por
cigarrillos, por chocolates, por lo que fuera. “Tendrás todo”, le decía,
trémula. “Serás la reina”. Ante el rechazo de María, la guardiana cambió de
método. Le dejaba papelitos de amor debajo de la almohada, en los bolsillos de
la bata, en los sitios menos pensados. Eran mensajes de un apremio desgarrador
capaz de estremecer a las piedras. Hacía más de un mes que parecía resignada a
la derrota, la noche en que se promovió el incidente en el dormitorio.
Cuando estuvo convencida de que todas las reclusas dormían,
la guardiana se acercó a la cama de María, y murmuró en su oído toda clase de
obscenidades tiernas, mientras le besaba la cara, el cuello tenso de terror,
los brazos yermos, las piernas exhaustas. Por último, creyendo tal vez que la
parálisis de María no era de miedo sino de complacencia, se atrevió a ir mas
lejos. María le soltó entonces un golpe con el revés de la mano que la mandó
contra la cama vecina. La guardiana se incorporó furibunda en medio del
escándalo de las reclusas alborotadas.
-Hija de puta -gritó-. Nos pudriremos juntas en este
chiquero hasta que te vuelvas loca por mí.
El verano llegó sin anunciarse el primer domingo de junio, y
hubo que tomar medidas de emergencia, porque las reclusas sofocadas empezaban a
quitarse durante la misa los balandranes de estameña. María asistió divertida
al espectáculo de las enfermas en pelota que las guardianas correteaban por las
naves como gallinas ciegas. En medio de la confusión, trató de protegerse de
los golpes perdidos, y sin saber cómo se encontró sola en una oficina
abandonada y con un teléfono que repicaba sin cesar con un timbre de súplica.
María contestó sin pensarlo, y oyó una voz lejana y sonriente que se entretenía
imitando el servicio telefónico de la hora:
-Son las cuarenta y cinco horas, noventa y dos minutos y
ciento siete segundos
-¡Maricón! -dijo María.
Colgó divertida. Ya se iba, cuando cayó en la cuenta de que
estaba dejando escapar una ocasión irrepetible. Entonces marcó seis cifras, con
tanta tensión y tanta prisa, que no estuvo segura de que fuese el número de su
casa. Esperó con el corazón desbocado, oyó el timbre, una vez, dos veces, tres
veces, y oyó por fin la voz del hombre de su vida en la casa sin ella.
-¿Bueno?
Tuvo que esperar a que se le pasara la pelota de lágrimas
que se le formó en la garganta.
-Conejo, vida mía -suspiró.
Las lágrimas la vencieron. Al otro lado de la línea hubo un
breve silencio de espanto, y una voz enardecida por los celos escupió la
palabra:
-¡Puta! Y colgó en seco.
Esa noche, en un ataque frenético, María descolgó en el
refectorio la litografía del generalísimo, la arrojó con todas sus fuerzas
contra el vitral del jardín, y se derrumbó bañada en sangre. Aún le sobró rabia
para enfrentarse a golpes con los guardianes que trataban de someterla, sin
lograrlo, hasta que vio a Herculina plantada en el vano de la puerta, con los
brazos cruzados mirándola. Se rindió. No obstante, la arrastraron hasta el
pabellón de las locas furiosas, la aniquilaron con una manguera de agua helada,
y le inyectaron trementina en las piernas. Impedida para caminar por la
inflamación provocada, María se dio cuenta de que no había nada en el mundo que
no fuera capaz de hacer por escapar de aquel infierno. La semana siguiente, ya
de regreso al dormitorio común, se levantó de puntillas y tocó en la celda de
la guardiana nocturna.
El precio de María, exigido por ella de antemano, fue
llevarle un mensaje a su marido. La guardiana aceptó, siempre que el trato se
mantuviera en secreto absoluto. Y la apuntó con un índice inexorable.
-Si alguna vez se sabe, te mueres.
Así que Saturno el Mago fue al sanatorio de locas el sábado
siguiente, con la camioneta de circo preparada para celebrar el regreso de
María. El director en persona lo recibió en su oficina, tan limpia y ordenada
como un barco de guerra, y le hizo un informe afectuoso sobre el estado de su
esposa. Nadie sabía de dónde llegó, ni cómo ni cuándo, pues el primer dato de
su ingreso era en el registro oficial dictado por él cuando la entrevistó. Una
investigación iniciada ese mismo día no había concluido nada. En todo caso, lo
que más intrigaba al director era cómo supo Saturno el paradero de su esposa.
Saturno protegió a la guardiana.
-Me lo informó la compañía de seguros del coche -dijo.
El director asintió complacido. “No sé cómo hacen los
seguros para saberlo todo”, dijo. Le dio una ojeada al expediente que tenía
sobre su escritorio de asceta, y concluyó:
-Lo único cierto es la gravedad de su estado.
Estaba dispuesto a autorizarle una visita con las precauciones
debidas si Saturno el Mago le prometía, por el bien de su esposa, ceñirse a la
conducta que él le indicaba. Sobre todo en la manera de tratarla, para evitar
que recayera en uno de sus arrebatos de furia cada vez más frecuentes y
peligrosos.
-Es raro -dijo Saturno-. Siempre fue de genio fuerte, pero
de mucho dominio.
El medico hizo un ademán de sabio. “Hay conductas que
permanecen latentes durante muchos años, y un día estallan”, dijo. “Con todo,
es una suerte que haya caído por aquí, porque somos especialistas en casos que
requieren mano dura”. Al final hizo una advertencia sobre la rara obsesión de
María por el teléfono.
-Sígale la corriente -dijo.
-Tranquilo, doctor -dijo Saturno con un aire alegre-. Es mi
especialidad.
La sala de visitas, mezcla de cárcel y confesionario, era un
antiguo locutorio del convento. La entrada de Saturno no fue la explosión de
júbilo que ambos hubieran podido esperar. María estaba de pie en el centro del
salón, junto a una mesita con dos sillas y un florero sin flores. Era evidente
que estaba lista para irse, con su lamentable abrigo color fresa y unos zapatos
sórdidos que le habían dado de caridad. En un rincón, casi invisible, estaba
Herculina con los brazos cruzados. María no se movió al ver entrar al esposo ni
asomó emoción alguna en la cara todavía salpicada por los estragos del vitral.
Se dieron un beso de rutina.
-¿Cómo te sientes? -le preguntó él.
-Feliz de que al fin hayas venido, conejo -dijo ella-. Esto
ha sido la muerte.
No tuvieron tiempo de sentarse. Ahogándose en lágrimas,
María le contó las miserias del claustro, la barbarie de las guardianas, la
comida de perros, las noches interminables sin cerrar los ojos por el terror.
-Ya no sé cuántos días llevo aquí, o meses o años, pero sé
que cada uno ha sido peor que el otro -dijo, y suspiró con el alma-: Creo que
nunca volveré a ser la misma.
-Ahora todo eso pasó -dijo él, acariciándole con la yema de
los dedos las cicatrices recientes de la cara-. Yo seguiré viniendo todos los
sábados. Y más si el director me lo permite. Ya verás que todo va a salir muy
bien.
Ella fijó en los ojos de él sus ojos aterrados. Saturno
intentó sus artes de salón. Le contó, en el tono pueril de las grandes
mentiras, una versión dulcificada de los propósitos del médico. “En síntesis”,
concluyó, “aún te faltan algunos días para estar recuperada por completo”.
María entendió la verdad.
-¡Por Dios, conejo! -dijo atónita-. No me digas que tú
también crees que estoy loca!
-¡Cómo se te ocurre! -dijo él, tratando de reír-. Lo que pasa
es que será mucho más conveniente para todos que sigas un tiempo aquí. En
mejores condiciones, por supuesto.
-¡Pero si ya te dije que solo vine a hablar por teléfono!
-dijo María.
Él no supo cómo reaccionar ante la obsesión temible. Miró a
Herculina. Ésta aprovechó la mirada para indicarle en su reloj de pulso que era
tiempo de terminar la visita. María interceptó la señal, miró hacia atrás, y
vio a Herculina en la tensión del asalto inminente. Entonces se aferró al
cuello de su marido gritando como una verdadera loca. Él se la quitó de encima
con tanto amor como pudo, y la dejó a merced de Herculina, que le saltó por la
espalda. Sin darle tiempo para reaccionar le aplicó una llave con la mano
izquierda, le pasó el otro brazo de hierro alrededor del cuello, y le gritó a
Saturno el Mago:
-¡Váyase!
Saturno huyo despavorido.
Sin embargo, el sábado siguiente, ya repuesto del espanto de
la visita, volvió al sanatorio con el gato vestido igual que él: la malla roja
y amarilla del gran leotardo, el sombrero de copa y una capa de vuelta y media
que parecía para volar. Entró en la camioneta de feria hasta el patio del
claustro, y allí hizo una función prodigiosa de casi tres horas que las
reclusas gozaron desde los balcones, con gritos discordantes y ovaciones inoportunas.
Estaban todas, menos María, que no solo se negó a recibir a su marido, sino
inclusive a verlo desde los balcones. Saturno se sintió herido de muerte.
-Es una reacción típica -lo consoló el director-. Ya pasará.
Pero no pasó nunca. Después de intentar muchas veces ver de
nuevo a María, Saturno hizo lo imposible para que recibiera una carta, pero fue
inútil. Cuatro veces la devolvió cerrada y sin comentarios. Saturno desistió,
pero siguió dejando en la portería del hospital las raciones de cigarrillos,
sin saber siquiera si llegaban a María, hasta que lo venció la realidad.
Nunca más se supo de él, salvo que volvió a casarse y
regresó a su país. Antes de irse de Barcelona le dejó el gato medio muerto de
hambre a una noviecita casual, que además se comprometió a seguir llevándole
los cigarrillos a María. Pero también ella desapareció. Rosa Regás recordaba
haberla visto en el Corte Inglés, hace unos doce años, con la cabeza rapada y
el balandrán anaranjado de alguna secta oriental, y en cinta a más no poder.
Ella le contó que había seguido llevándole los cigarrillos a María, siempre que
pudo, hasta un día en que solo encontró los escombros del hospital, demolido
como un mal recuerdo de aquellos tiempos ingratos. María le pareció muy lúcida
la última vez que la vio, un poco pasada de peso y contenta con la paz del
claustro. Ese día le llevó el gato, porque ya se le había acabado el dinero que
Saturno le dejó para darle de comer.
FIN
Casa tomada
[Cuento -
Texto completo.]
Julio Cortázar
Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las
casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales)
guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros
padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una
locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la
limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le
dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina.
Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera
de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa
profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces
llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes
sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a
comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el
nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de
la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos
allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían
al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros
mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su
actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su
dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han
encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así,
tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí,
mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía
en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el
montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los
sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se
complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba
esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si
había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la
Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque
yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno
puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede
repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de
alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina,
apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene qué
pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses
llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la
entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las
horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o
dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era
hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala
con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte
más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su
maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño,
la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los
dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la
puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la
cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros
dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada;
avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba
el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes
de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el
baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande;
si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora,
apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi
nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues
es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad
limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada
tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de
las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo
bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se
deposita de nuevo en los muebles y los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias
inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y
de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo
hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que
llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido
venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un
ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo
después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la
puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de
golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y
además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la
bandeja del mate le dije a Irene:
-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
-¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar
su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la
parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por
ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de
Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los
primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con
tristeza.
-No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la
casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun
levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya
estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y
ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras
yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos
alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios
al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el
dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba
un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse
a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el
tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en
el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de
papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos
bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude
habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de
la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a
veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por
medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos
respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los
mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores
domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las
hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza.
En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a
hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay
demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella.
Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los
dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta
pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche,
cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y
antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso
de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal
vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el
sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi
lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente
que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el
pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr
conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían
más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la
cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y
las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos
habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.
-No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario
de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche.
Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y
salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta
de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo
se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.
FIN
La autopista del sur
[Cuento -
Texto completo.]
Julio Cortázar
Gli automobilisti accaldati sembrano nom avere
storia… Come realtà, un ingorgo automobilistico impressiona ma non ci dice gran
che.
Arrigo Benedetti “L’Espresso”,
Roma, 21/6/1964
Roma, 21/6/1964
Al principio la muchacha del Dauphine había insistido en llevar la
cuenta del tiempo, aunque al ingeniero del Peugeot 404 le daba ya lo mismo.
Cualquiera podía mirar su reloj pero era como si ese tiempo atado a la muñeca
derecha o el bip bip de la radio midieran otra cosa, fuera el tiempo de los que
no han hecho la estupidez de querer regresar a París por la autopista del sur
un domingo de tarde y, apenas salidos de Fontainbleau, han tenido que ponerse
al paso, detenerse, seis filas a cada lado (ya se sabe que los domingos la
autopista está íntegramente reservada a los que regresan a la capital), poner
en marcha el motor, avanzar tres metros, detenerse, charlar con las dos monjas
del 2HP a la derecha, con la muchacha del Dauphine a la izquierda, mirar por
retrovisor al hombre pálido que conduce un Caravelle, envidiar irónicamente la
felicidad avícola del matrimonio del Peugeot 203 (detrás del Dauphine de la
muchacha) que juega con su niñita y hace bromas y come queso, o sufrir de a
ratos los desbordes exasperados de los dos jovencitos del Simca que precede al
Peugeot 404, y hasta bajarse en los altos y explorar sin alejarse mucho (porque
nunca se sabe en qué momento los autos de más adelante reanudarán la marcha y
habrá que correr para que los de atrás no inicien la guerra de las bocinas y
los insultos), y así llegar a la altura de un Taunus delante del Dauphine de la
muchacha que mira a cada momento la hora, y cambiar unas frases descorazonadas
o burlonas con los hombres que viajan con el niño rubio cuya inmensa diversión
en esas precisas circunstancias consiste en hacer correr libremente su autito
de juguete sobre los asientos y el reborde posterior del Taunus, o atreverse y
avanzar todavía un poco más, puesto que no parece que los autos de adelante
vayan a reanudar la marcha, y contemplar con alguna lástima al matrimonio de
ancianos en el ID Citroën que parece una gigantesca bañadera violeta donde
sobrenadan los dos viejitos, él descansando los antebrazos en el volante con un
aire de paciente fatiga, ella mordisqueando una manzana con más aplicación que
ganas.
A la cuarta vez de encontrarse con todo eso, de hacer todo eso, el
ingeniero había decidido no salir más de su coche, a la espera de que la
policía disolviese de alguna manera el embotellamiento. El calor de agosto se
sumaba a ese tiempo a ras de neumáticos para que la inmovilidad fuese cada vez
más enervante. Todo era olor a gasolina, gritos destemplados de los jovencitos
del Simca, brillo del sol rebotando en los cristales y en los bordes cromados,
y para colmo sensación contradictoria del encierro en plena selva de máquinas
pensadas para correr. El 404 del ingeniero ocupa el segundo lugar de la pista
de la derecha contando desde la franja divisoria de las dos pistas, con lo cual
tenía otros cuatro autos a su derecha y siete a su izquierda, aunque de hecho
sólo pudiera ver distintamente los ocho coches que lo rodeaban y sus ocupantes
que ya había detallado hasta cansarse. Había charlado con todos, salvo con los
muchachos del Simca que caían antipáticos; entre trecho y trecho se había
discutido la situación en sus menores detalles, y la impresión general era que
hasta Corbeil-Essones se avanzaría al paso o poco menos, pero que entre Corbeil
y Juvisy el ritmo iría acelerándose una vez que los helicópteros y los
motociclistas lograran quebrar lo peor del embotellamiento. A nadie le cabía
duda de que algún accidente muy grave debía haberse producido en la zona, única
explicación de una lentitud tan increíble. Y con eso el gobierno, el calor, los
impuestos, la vialidad, un tópico tras otro, tres metros, otro lugar común,
cinco metros, una frase sentenciosa o una maldición contenida.
A las dos monjitas del 2HP les hubiera convenido tanto llegar a
Milly-la-Fôret antes de las ocho, pues llevaban una cesta de hortalizas para la
cocinera. Al matrimonio del Peugeot 203 le importaba sobre todo no perder los
juegos televisados de las nueve y media; la muchacha del Dauphine le había
dicho al ingeniero que le daba lo mismo llegar más tarde a París pero que se
quejaba por principio, porque le parecía un atropello someter a millares de
personas a un régimen de caravana de camellos. En esas últimas horas (debían
ser casi las cinco pero el calor los hostigaba insoportablemente) habían
avanzado unos cincuenta metros a juicio del ingeniero, aunque uno de los
hombres del Taunus que se había acercado a charlar llevando de la mano al niño
con su autito, mostró irónicamente la copa de un plátano solitario y la
muchacha del Dauphine recordó que ese plátano (si no era un castaño) había
estado en la misma línea que su auto durante tanto tiempo que ya ni valía la
pena mirar el reloj pulsera para perderse en cálculos inútiles.
No atardecía nunca, la vibración del sol sobre la pista y las carrocerías
dilataba el vértigo hasta la náusea. Los anteojos negros, los pañuelos con agua
de colonia en la cabeza, los recursos improvisados para protegerse, para evitar
un reflejo chirriante o las bocanadas de los caños de escape a cada avance, se
organizaban y perfeccionaban, eran objeto de comunicación y comentario. El
ingeniero bajó otra vez para estirar las piernas, cambió unas palabras con la
pareja de aire campesino del Ariane que precedía al 2HP de las monjas. Detrás
del 2HP había un Volkswagen con un soldado y una muchacha que parecían recién
casados. La tercera fila hacia el exterior dejaba de interesarle porque hubiera
tenido que alejarse peligrosamente del 404; veía colores, formas, Mercedes
Benz, ID, 4R, Lancia, Skoda, Morris Minor, el catálogo completo. A la
izquierda, sobre la pista opuesta, se tendía otra maleza inalcanzable de
Renault, Anglia, Peugeot, Porsche, Volvo; era tan monótono que al final,
después de charlar con los dos hombres del Taunus y de intentar sin éxito un
cambio de impresiones con el solitario conductor del Caravelle, no quedaba nada
mejor que volver al 404 y reanudar la misma conversación sobre la hora, las
distancias y el cine con la muchacha del Dauphine.
A veces llegaba un extranjero, alguien que se deslizaba entre los autos
viniendo desde el otro lado de la pista o desde la filas exteriores de la
derecha, y que traía alguna noticia probablemente falsa repetida de auto en
auto a lo largo de calientes kilómetros. El extranjero saboreaba el éxito de
sus novedades, los golpes de las portezuelas cuando los pasajeros se
precipitaban para comentar lo sucedido, pero al cabo de un rato se oía alguna
bocina o el arranque de un motor, y el extranjero salía corriendo, se lo veía
zigzaguear entre los autos para reintegrase al suyo y no quedar expuesto a la
justa cólera de los demás. A lo largo de la tarde se había sabido así del
choque de un Floride contra un 2HP cerca de Corbeil, tres muertos y un niño
herido, el doble choque de un Fiat 1500 contra un furgón Renault que había aplastado
un Austin lleno de turistas ingleses, el vuelco de un autocar de Orly colmado
de pasajeros procedentes del avión de Copenhague. El ingeniero estaba seguro de
que todo o casi todo era falso, aunque algo grave debía haber ocurrido cerca de
Corbeil e incluso en las proximidades de París para que la circulación se
hubiera paralizado hasta ese punto. Los campesinos del Ariane, que tenían una
granja del lado de Montereau y conocían bien la región, contaban con otro
domingo en que el tránsito había estado detenido durante cinco horas, pero ese
tiempo empezaba a parecer casi nimio ahora que el sol, acostándose hacia la
izquierda de la ruta, volcaba en cada auto una última avalancha de jalea
anaranjada que hacía hervir los metales y ofuscaba la vista, sin que jamás una
copa de árbol desapareciera del todo a la espalda, sin que otra sombra apenas
entrevista a la distancia se acercara como para poder sentir de verdad que la
columna se estaba moviendo aunque fuera apenas, aunque hubiera que detenerse y
arrancar y bruscamente clavar el freno y no salir nunca de la primera
velocidad, del desencanto insultante de pasar una vez más de la primera al
punto muerto, freno de pie, freno de mano, stop, y así otra vez y otra vez y
otra.
En algún momento, harto de inacción, el ingeniero se había decidido a
aprovechar un alto especialmente interminable para recorrer las filas de la
izquierda, y dejando a su espalda el Dauphine había encontrado un DKW, otro
2HP, un Fiat 600, y se había detenido junto a un De Soto para cambiar impresiones
con el azorado turista de Washington que no entendía casi el francés pero que
tenía que estar a las ocho en la Place de l’Opéra sin falta you understand, my
wife will be awfully anxious, damn it, y se hablaba un poco de todo cuando un
hombre con aire de viajante de comercio salió del DKW para contarles que
alguien había llegado un rato antes con la noticia de que un Piper Club se
había estrellado en plena autopista, varios muertos. Al americano el Piper Club
lo tenía profundamente sin cuidado, y también al ingeniero que oyó un coro de
bocinas y se apresuró a regresar al 404, transmitiendo de paso las novedades a
los dos hombres del Taunus y al matrimonio del 203. Reservó una explicación más
detallada para la muchacha del Dauphine mientras los coches avanzaban
lentamente unos pocos metros (ahora el Dauphine estaba ligeramente retrasado
con relación al 404, y más tarde sería al revés, pero de hecho las doce filas
se movían prácticamente en bloque, como si un gendarme invisible en el fondo de
la autopista ordenara el avance simultáneo sin que nadie pudiese obtener
ventajas). Piper Club, señorita, es un pequeño avión de paseo. Ah. Y la mala
idea de estrellarse en plena autopista un domingo de tarde. Esas cosas. Si por
lo menos hiciera menos calor en los condenados autos, si esos árboles de la
derecha quedaran por fin a la espalda, si la última cifra del cuentakilómetros
acabara de caer en su agujerito negro en vez de seguir suspendida por la cola,
interminablemente.
En algún momento (suavemente empezaba a anochecer, el horizonte de
techos de automóviles se teñía de lila) una gran mariposa blanca se posó en el
parabrisas del Dauphine, y la muchacha y el ingeniero admiraron sus alas en la
breve y perfecta suspensión de su reposo; la vieron alejarse con una exasperada
nostalgia, sobrevolar el Taunus, el ID violeta de los ancianos, ir hacia el
Fiat 600 ya invisible desde el 404, regresar hacia el Simca donde una mano
cazadora trató inútilmente de atraparla, aletear amablemente sobre el Ariane de
los campesinos que parecían estar comiendo alguna cosa, y perderse después
hacia la derecha. Al anochecer la columna hizo un primer avance importante, de
casi cuarenta metros; cuando el ingeniero miró distraídamente el
cuentakilómetros, la mitad del 6 había desaparecido y un asomo del 7 empezaba a
descolgarse de lo alto. Casi todo el mundo escuchaba sus radios, los del Simca
la habían puesto a todo trapo y coreaban un twist con sacudidas que hacían
vibrar la carrocería; las monjas pasaban las cuentas de sus rosarios, el niño del
Taunus se había dormido con la cara pegada a un cristal, sin soltar el auto de
juguete. En algún momento (ya era noche cerrada) llegaron extranjeros con más
noticias, tan contradictorias como las otras ya olvidadas, No había sido un
Piper Club sino un planeador piloteado por la hija de un general. Era exacto
que un furgón Renault había aplastado un Austin, pero no en Juvisy sino casi en
las puertas de París; uno de los extranjeros explicó al matrimonio del 203 que
el macadam de la autopista había cedido a la altura de Igny y que cinco autos
habían volcado al meter las ruedas delanteras en la grieta. La idea de una
catástrofe natural se propagó hasta el ingeniero, que se encogió de hombros sin
hacer comentarios. Más tarde, pensando en esas primeras horas de oscuridad en
que habían respirado un poco más libremente, recordó que en algún momento había
sacado el brazo por la ventanilla para tamborilear en la carrocería del
Dauphine y despertar a la muchacha que se había dormido reclinada sobre el
volante, sin preocuparse de un nuevo avance. Quizá ya era medianoche cuando una
de las monjas le ofreció tímidamente un sándwich de jamón, suponiendo que
tendría hambre. El ingeniero lo aceptó por cortesía (en realidad sentía
náuseas) y pidió permiso para dividirlo con la muchacha del Dauphine, que
aceptó y comió golosamente el sándwich y la tableta de chocolate que le había
pasado el viajante del DKW, su vecino de la izquierda. Mucha gente había salido
de los autos recalentados, porque otra vez llevaban horas sin avanzar; se
empezaba a sentir sed, ya agotadas las botellas de limonada, la coca-cola y
hasta los vinos de a bordo. La primera en quejarse fue la niña del 203, y el
soldado y el ingeniero abandonaron los autos junto con el padre de la niña para
buscar agua. Delante del Simca, donde la radio parecía suficiente alimento, el
ingeniero encontró un Beaulieu ocupado por una mujer madura de ojos inquietos.
No, no tenía agua pero podía darle unos caramelos para la niña. El matrimonio
del ID se consultó un momento antes de que la anciana metiera las manos en un
bolso y sacara una pequeña lata de jugo de frutas. El ingeniero agradeció y
quiso saber si tenían hambre y si podía serles útil; el viejo movió
negativamente la cabeza, pero la mujer pareció asentir sin palabras. Más tarde
la muchacha del Dauphine y el ingeniero exploraron juntos las filas de la
izquierda, sin alejarse demasiado; volvieron con algunos bizcochos y los
llevaron a la anciana del ID, con el tiempo justo para regresar corriendo a sus
autos bajo una lluvia de bocinas.
Aparte de esas mínimas salidas, era tan poco lo que podía hacerse que
las horas acababan por superponerse, por ser siempre la misma en el recuerdo;
en algún momento el ingeniero pensó en tachar ese día en su agenda y contuvo
una risotada, pero más adelante, cuando empezaron los cálculos contradictorios
de las monjas, los hombres del Taunus y la muchacha del Dauphine, se vio que
hubiera convenido llevar mejor la cuenta. Las diarios locales habían suspendido
las emisiones, y sólo el viajante del DKW tenía un aparato de ondas cortas que
se empeñaba en transmitir noticias bursátiles.. Hacia las tres de la madrugada
pareció llegarse a un acuerdo tácito para descansar, y hasta el amanecer la
columna no se movió. Los muchachos del Simca sacaron unas camas neumáticas y se
tendieron al lado del auto; el ingeniero bajó el respaldo de los asientos
delanteros del 404 y ofreció las cuchetas a las monjas, que rehusaron; antes de
acostarse un rato, el ingeniero pensó en la muchacha del Dauphine, muy quieta contra
el volante, y como sin darle importancia le propuso que cambiaran de autos
hasta el amanecer; ella se negó, alegando que podía dormir muy bien de
cualquier manera. Durante un rato se oyó llorar al niño del Taunus, acostado en
el asiento trasero donde debía tener demasiado calor. Las monjas rezaban
todavía cuando el ingeniero se dejó caer en la cucheta y se fue quedando
dormido, pero su sueño seguía demasiado cerca de la vigilia y acabó por
despertarse sudoroso e inquieto, sin comprender en un primer momento dónde
estaba; enderezándose, empezó a percibir los confusos movimientos del exterior,
un deslizarse de sombras entre los autos, y vio un bulto que se alejaba hacia
el borde de la autopista; adivinó las razones, y más tarde también él salió del
auto sin hacer ruido y fue a aliviarse al borde de la ruta; no había setos ni
árboles, solamente el campo negro y sin estrellas, algo que parecía un muro
abstracto limitando la cinta blanca del macadam con su río inmóvil de
vehículos, Casi tropezó con el campesino del Ariane, que balbuceó una frase
ininteligible; al olor de la gasolina, persistente en la autopista recalentada,
se sumaba ahora la presencia más ácida del hombre, y el ingeniero volvió lo
antes posible a su auto. La chica del Dauphine dormía apoyada sobre el volante,
un mechón de pelo contra los ojos; antes de subir al 404, el ingeniero se
divirtió explorando en la sombra su perfil, adivinando la curva de los labios
que soplaban suavemente. Del otro lado, el hombre del DKW miraba también dormir
a la muchacha, fumando en silencio.
Por la mañana se avanzó muy poco pero lo bastante como para darles la
esperanza de que esa tarde se abriría la ruta hacia París. A las nueve llegó un
extranjero con buenas noticias: habían rellenado las grietas y pronto se podría
circular normalmente. Los muchachos del Simca encendieron la radio y uno de
ellos trepó al techo del auto y gritó y cantó. El ingeniero se dijo que la
noticia era tan dudosa como las de la víspera, y que el extranjero había
aprovechado la alegría del grupo para pedir y obtener una naranja que le dio el
matrimonio del Ariane. Más tarde llegó otro extranjero con la misma treta, pero
nadie quiso darle nada. El calor empezaba a subir y la gente prefería quedarse
en los autos a la espera de que se concretaran las buenas noticias. A mediodía
la niña del 203 empezó a llorar otra vez, y la muchacha del Dauphine fue a
jugar con ella y se hizo amiga del matrimonio. Los del 203 no tenían suerte; a
su derecha estaba el hombre silencioso del Caravelle, ajeno a todo lo que
ocurría en torno, y a su izquierda tenían que aguantar la verbosa indignación
del conductor de un Floride, para quien el embotellamiento era una afrenta
exclusivamente personal. Cuando la niña volvió a quejarse de sed, al ingeniero
se le ocurrió ir a hablar con los campesinos del Ariane, seguro de que en ese
auto había cantidad de provisiones. Para su sorpresa los campesinos se
mostraron muy amables; comprendían que en una situación semejante era necesario
ayudarse, y pensaban que si alguien se encargaba de dirigir el grupo (la mujer
hacía un gesto circular con la mano, abarcando la docena de autos que los
rodeaba) no se pasarían apreturas hasta llegar a Paría. Al ingeniero lo
molestaba la idea de erigirse en organizador, y prefirió llamar a los hombres
del Taunus para conferenciar con ellos y con el matrimonio del Ariane. Un rato
después consultaron sucesivamente a todos los del grupo. El joven soldado del
Volkswagen estuvo inmediatamente de acuerdo, y el matrimonio del 203 ofreció
las pocas provisiones que les quedaban (la muchacha del Dauphine había
conseguido un vaso de granadina con agua para la niña, que reía y jugaba). Uno
de los hombres del Taunus, que había ido a consultar a los muchachos del Simca,
obtuvo un asentimiento burlón; el hombre pálido del Caravelle se encogió de
hombros y dijo que le daba lo mismo, que hicieran lo que les pareciese mejor.
Los ancianos del ID y la señora del Beaulieu se mostraron visiblemente
contentos, como si se sintieran más protegidos. Los pilotos del Floride y del DKW
no hicieron observaciones, y el americano del De Soto los miró asombrado y dijo
algo sobre la voluntad de Dios. Al ingeniero le resultó fácil proponer que uno
de los ocupantes del Taunus, en que tenía una confianza instintiva, se
encargará de coordinar las actividades. A nadie le faltaría de comer por el
momento, pero era necesario conseguir agua; el jefe, al que los muchachos del
Simca llamaban Taunus a secas para divertirse, pidió al ingeniero, al soldado y
a uno de los muchachos que exploraran la zona circundante de la autopista y
ofrecieran alimentos a cambio de bebidas. Taunus, que evidentemente sabía
mandar, había calculado que deberían cubrirse las necesidades de un día y medio
como máximo, poniéndose en la posición menos optimista. En el 2HP de las monjas
y en el Ariane de los campesinos había provisiones suficientes para ese tiempo,
y si los exploradores volvían con agua el problema quedaría resuelto. Pero
solamente el soldado regresó con una cantimplora llena, cuyo dueño exigía en
cambio comida para dos personas. El ingeniero no encontró a nadie que pudiera
ofrecer agua, pero el viaje le sirvió para advertir que más allá de su grupo se
estaban constituyendo otras células con problemas semejantes; en un momento
dado el ocupante de un Alfa Romeo se negó a hablar con él del asunto, y le dijo
que se dirigiera al representante de su grupo, cinco autos atrás en la misma
fila. Más tarde vieron volver al muchacho del Simca que no había podido
conseguir agua, pero Taunus calculó que ya tenían bastante para los dos niños,
la anciana del ID y el resto de las mujeres. El ingeniero le estaba contando a
la muchacha del Dauphine su circuito por la periferia (era la una de la tarde,
y el sol los acorralaba en los autos) cuando ella lo interrumpió con un gesto y
le señaló el Simca. En dos saltos el ingeniero llegó hasta el auto y sujetó por
el codo a uno de los muchachos, que se repantigaba en su asiento para beber a
grandes tragos de la cantimplora que había traído escondida en la chaqueta. A
su gesto iracundo, el ingeniero respondió aumentando la presión en el brazo; el
otro muchacho bajó del auto y se tiró sobre el ingeniero, que dio dos pasos
atrás y lo esperó casi con lástima. El soldado ya venía corriendo, y los gritos
de las monjas alertaron a Taunus y a su compañero; Taunus escuchó lo sucedido,
se acercó al muchacho de la botella y le dio un par de bofetadas. El muchacho
gritó y protestó, lloriqueando, mientras el otro rezongaba sin atreverse a
intervenir. El ingeniero le quitó la botella y se la alcanzó a Taunus.
Empezaban a sonar bocinas y cada cual regresó a su auto, por lo demás
inútilmente puesto que la columna avanzó apenas cinco metros.
A la hora de la siesta, bajo un sol todavía más duro que la víspera, una
de las monjas se quitó la toca y su compañera le mojó las sienes con agua de
colonia. Las mujeres improvisaban de a poco sus actividades samaritanas, yendo
de un auto a otro, ocupándose de los niños para que los hombres estuvieran más
libres: nadie se quejaba pero el buen humor era forzado, se basaba siempre en
los mismos juegos de palabras, en un escepticismo de buen tono. Para el
ingeniero y la muchacha del Dauphine, sentirse sudorosos y sucios era la
vejación más grande; lo enternecía casi la rotunda indiferencia del matrimonio
de campesinos al olor que les brotaba de las axilas cada vez que venían a
charlar con ellos o a repetir alguna noticia de último momento. Hacia el
atardecer el ingeniero miró casualmente por el retrovisor y encontró como
siempre la cara pálida y de rasgos tensos del hombre del Caravelle, que al
igual que el gordo piloto del Floride se había mantenido ajeno a todas las
actividades. Le pareció que sus facciones se habían afilado todavía más, y se
preguntó si no estaría enfermo. Pero después, cuando al ir a charlar con el
soldado y su mujer tuvo ocasión de mirarlo desde más cerca, se dijo que ese
hombre no estaba enfermo; era otra cosa, una separación, por darle algún
nombre. El soldado del Volkswagen le contó más tarde que a su mujer le daba
miedo ese hombre silencioso que no se apartaba jamás del volante y que parecía
dormir despierto. Nacían hipótesis, se creaba un folklore para luchar contra la
inacción. Los niños del Taunus y el 203 se habían hecho amigos y se habían
peleado y luego se habían reconciliado; sus padres se visitaban, y la muchacha
del Dauphine iba cada tanto a ver cómo se sentían la anciana del ID y la señora
del Beaulieu. Cuando al atardecer soplaron bruscamente una ráfagas tormentosas
y el sol se perdió entre las nubes que se alzaban al oeste, la gente se alegró pensando
que iba a refrescar. Cayeron algunas gotas, coincidiendo con un avance
extraordinario de casi cien metros; a lo lejos brilló un relámpago y el calor
subió todavía más. Había tanta electricidad en la atmósfera que Taunus, con un
instinto que el ingeniero admiró sin comentarios, dejó al grupo en paz hasta la
noche, como si temiera los efectos del cansancio y el calor. A las ocho las
mujeres se encargaron de distribuir las provisiones; se había decidido que el
Ariane de los campesinos sería el almacén general, y que el 2HP de las monjas
serviría de depósito suplementario. Taunus había ido en persona a hablar con
los jefes de los cuatro o cinco grupos vecinos; después, con ayuda del soldado
y el hombre del 203, llevó una cantidad de alimentos a los grupos, regresando
con más agua y un poco de vino. Se decidió que los muchachos del Simca cederían
sus colchones neumáticos a la anciana del ID y a la señora del Beaulieu; la
muchacha del Dauphine les llevó dos mantas escocesas y el ingeniero ofreció su
coche, que llamaba burlonamente el wagon-lit, a quienes lo necesitaran. Para su
sorpresa, la muchacha del Dauphine aceptó el ofrecimiento y esa noche compartió
las cuchetas del 404 con una de las monjas; la otra fue a dormir al 203 junto a
la niña y su madre, mientras el marido pasaba la noche sobre el macadam,
envuelto en una frazada. El ingeniero no tenía sueño y jugó a los dados con
Taunus y su amigo; en algún momento se les agregó el campesino del Ariane y
hablaron de política bebiendo unos tragos del aguardiente que el campesino
había entregado a Taunus esa mañana. La noche no fue mala; había refrescado y
brillaban algunas estrellas entre las nubes.
Hacia el amanecer los ganó el sueño, esa necesidad de estar a cubierto
que nacía con la grisalla del alba. Mientras Taunus dormía junto al niño en el
asiento trasero, su amigo y el ingeniero descansaron un rato en la delantera.
Entre dos imágenes de sueño, el ingeniero creyó oír gritos a la distancia y vio
un resplandor indistinto; el jefe de otro grupo vino a decirles que treinta
autos más adelante había habido un principio de incendio en un Estafette,
provocado por alguien que había querido hervir clandestinamente unas legumbres.
Taunus bromeó sobre lo sucedido mientras iba de auto en auto para ver cómo
habían pasado todos la noche, pero a nadie se le escapó lo que quería decir.
Esa mañana la columna empezó a moverse muy temprano y hubo que correr y
agitarse para recuperar los colchones y las mantas, pero como en todas partes
debía estar sucediendo lo mismo nadie se impacientaba ni hacía sonar las
bocinas. A mediodía habían avanzado más de cincuenta metros, y empezaba a
divisarse la sombra de un bosque a la derecha de la ruta. Se envidiaba la
suerte de los que en ese momento podían ir hasta la banquina y aprovechar la
frescura de la sombra; quizá había un arroyo, o un grifo de agua potable. La
muchacha del Dauphine cerró los ojos y pensó en una ducha cayéndole por el
cuello y la espalda, corriéndole por las piernas; el ingeniero, que la miraba
de reojo, vio dos lágrimas que le resbalaban por las mejillas.
Taunus, que acababa de adelantarse hasta el ID, vino a buscar a las
mujeres más jóvenes para que atendieran a la anciana que no se sentía bien. El
jefe del tercer grupo a retaguardia contaba con un médico entre sus hombres, y
el soldado corrió a buscarlo. Al ingeniero, que había seguido con irónica
benevolencia los esfuerzos de los muchachitos del Simca para hacerse perdonar
su travesura, entendió que era el momento de darles su oportunidad. Con los
elementos de una tienda de campaña los muchachos cubrieron la ventanilla del
404, y el wagon-lit se transformó en ambulancia para que la anciana descansara
en una oscuridad relativa. Su marido se tendió a su lado, teniéndole la mano, y
los dejaron solos con el médico. Después las monjas se ocuparon de la anciana,
que se sentía mejor, y el ingeniero pasó la tarde como pudo, visitando otros
autos y descansando en el de Taunus cuando el sol castigaba demasiado; sólo
tres veces le tocó correr hasta su auto, donde los viejitos parecían dormir,
para hacerlo avanzar junto con la columna hasta el alto siguiente. Los ganó la
noche sin que hubiesen llegado a la altura del bosque.
Hacia las dos de la madrugada bajó la temperatura, y los que tenían
mantas se alegraron de poder envolverse en ellas. Como la columna no se movería
hasta el alba (era algo que se sentía en el aire, que venía desde el horizonte
de autos inmóviles en la noche) el ingeniero y Taunus se sentaron a fumar y a
charlar con el campesino del Ariane y el soldado. Los cálculos de Taunus no
correspondían ya a la realidad, y lo dijo francamente; por la mañana habría que
hacer algo para conseguir más provisiones y bebidas. El soldado fue a buscar a
los jefes de los grupos vecinos, que tampoco dormían, y se discutió el problema
en voz baja para no despertar a las mujeres. Los jefes habían hablado con los
responsables de los grupos más alejados, en un radio de ochenta o cien
automóviles, y tenían la seguridad de que la situación era análoga en todas
partes. El campesino conocía bien la región y propuso que dos o tres hombres de
cada grupo saliera al alba para comprar provisiones en las granjas cercanas,
mientras Taunus se ocupaba de designar pilotos para los autos que quedaran sin
dueño durante la expedición. La idea era buena y no resultó difícil reunir
dinero entre los asistentes; se decidió que el campesino, el soldado y el amigo
de Taunus irían juntos y llevarían todas las bolsas, redes y cantimploras
disponibles. Los jefes de los otros grupos volvieron a sus unidades para organizar
expediciones similares, y al amanecer se explicó la situación a las mujeres y
se hizo lo necesario para que la columna pudiera seguir avanzando. La muchacha
del Dauphine le dijo al ingeniero que la anciana ya estaba mejor y que insistía
en volver a su ID; a las ocho llegó el médico, que no vio inconvenientes en que
el matrimonio regresara a su auto. De todos modos, Taunus decidió que el 404
quedaría habilitado permanentemente como ambulancia; los muchachos, para
divertirse, fabricaron un banderín con una cruz roja y lo fijaron en la antena
del auto. Hacía ya rato que la gente prefería salir lo menos posible de sus
coches; la temperatura seguía bajando y a mediodía empezaron los chaparrones y
se vieron relámpagos a la distancia. La mujer del campesino se apresuró a
recoger agua con un embudo y una jarra de plástico, para especial regocijo de
los muchachos del Simca. Mirando todo eso, inclinado sobre el volante donde
había un libro abierto que no le interesaba demasiado, el ingeniero se preguntó
por qué los expedicionarios tardaban tanto en regresar; más tarde Taunus lo
llamó discretamente a su auto y cuando estuvieron dentro le dijo que habían
fracasado. El amigo de Taunus dio detalles: las granjas estaban abandonadas o
la gente se negaba a venderles nada, aduciendo las reglamentaciones sobre
ventas a particulares y sospechando que podían ser inspectores que se valían de
las circunstancias para ponerlos a prueba. A pesar de todo habían podido traer
una pequeña cantidad de agua y algunas provisiones, quizá robadas por el
soldado que sonreía sin entrar en detalles. Desde luego ya no se podía pasar
mucho tiempo sin que cesara el embotellamiento, pero los alimentos de que se
disponía no eran los más adecuados para los dos niños y la anciana. El médico,
que vino hacia las cuatro y media para ver a la enferma, hizo un gesto de
exasperación y cansancio y dijo a Taunus que en su grupo y en todos los grupos
vecinos pasaba lo mismo. Por la radio se había hablado de una operación de
emergencia para despejar la autopista, pero aparte de un helicóptero que
apareció brevemente al anochecer no se vieron otros aprestos. De todas maneras
hacía cada vez menos calor, y la gente parecía esperar la llegada de la noche
para taparse con las mantas y abolir en el sueño algunas horas más de espera.
Desde su auto el ingeniero escuchaba la charla de la muchacha del Dauphine con
el viajante del DKW, que le contaba cuentos y la hacía reír sin ganas. Lo
sorprendió ver a la señora del Beaulieu que casi nunca abandonaba su auto, y
bajó para saber si necesitaba alguna cosa, pero la señora buscaba solamente las
últimas noticias y se puso a hablar con las monjas. Un hastío sin nombre pesaba
sobre ellos al anochecer; se esperaba más del sueño que de las noticias siempre
contradictorias o desmentidas. El amigo de Taunus llegó discretamente a buscar
al ingeniero, al soldado y al hombre del 203. Taunus les anunció que el
tripulante del Floride acababa de desertar; uno de los muchachos del Simca
había visto el coche vacío, y después de un rato se había puesto a buscar a su
dueño para matar el tedio. Nadie conocía mucho al hombre gordo del Floride, que
tanto había protestado el primer día aunque después acabara de quedarse tan
callado como el piloto del Caravelle.. Cuando a las cinco de la mañana no quedó
la menor duda de que Floride, como se divertían en llamarlo los chicos del
Simca, había desertado llevándose un valija de mano y abandonando otra llena de
camisas y ropa interior, Taunus decidió que uno de los muchachos se haría cargo
del auto abandonado para no inmovilizar la columna. A todos los había
fastidiado vagamente esa deserción en la oscuridad, y se preguntaban hasta
dónde habría podido llegar Floride en su fuga a través de los campos. Por lo
demás parecía ser la noche de las grandes decisiones: tendido en su cucheta del
404, al ingeniero le pareció oír un quejido, pero pensó que el soldado y su
mujer serían responsables de algo que, después de todo, resultaba comprensible
en plena noche y en esas circunstancias. Después lo pensó mejor y levantó la
lona que cubría la ventanilla trasera; a la luz de unas pocas estrellas vio a
un metro y medio el eterno parabrisas del Caravelle y detrás, como pegada al
vidrio y un poco ladeada, la cara convulsa del hombre. Sin hacer ruido salió
por el lado izquierdo para no despertar a la monjas, y se acercó al Caravelle.
Después buscó a Taunus, y el soldado corrió a prevenir al médico. Desde luego
el hombre se había suicidado tomando algún veneno; las líneas a lápiz en la
agenda bastaban, y la carta dirigida a una tal Ivette, alguien que lo había
abandonado en Vierzon. Por suerte la costumbre de dormir en los autos estaba
bien establecida (las noches eran ya tan frías que a nadie se le hubiera
ocurrido quedarse fuera) y a pocos les preocupaba que otros anduvieran entre
los coches y se deslizaran hacia los bordes de la autopista para aliviarse.
Taunus llamó a un consejo de guerra, y el médico estuvo de acuerdo con su
propuesta. Dejar el cadáver al borde de la autopista significaba someter a los
que venían más atrás a una sorpresa por lo menos penosa: llevarlo más lejos, en
pleno campo, podía provocar la violenta repulsa de los lugareños, que la noche
anterior habían amenazado y golpeado a un muchacho de otro grupo que buscaba de
comer. El campesino del Ariane y el viajante del DKW tenían lo necesario para
cerrar herméticamente el portaequipaje del Caravelle. Cuando empezaban su
trabajo se les agregó la muchacha del Dauphine, que se colgó temblando del
brazo del ingeniero. Él le explicó en voz baja lo que acababa de ocurrir y la
devolvió a su auto, ya más tranquila. Taunus y sus hombres habían metido el
cuerpo en el portaequipajes, y el viajante trabajó con scotch tape y tubos de
cola líquida a la luz de la linterna del soldado. Como la mujer del 203 sabía
conducir, Taunus resolvió que su marido se haría cargo del Caravelle que
quedaba a la derecha del 203; así, por la mañana, la niña del 203 descubrió que
su papá tenía otro auto, y jugó horas y horas a pasar de uno a otro y a
instalar parte de sus juguetes en el Caravelle.
Por primera vez el frío se hacía sentir en pleno día, y nadie pensaba en
quitarse las chaquetas. La muchacha del Dauphine y las monjas hicieron el
inventario de los abrigos disponibles en el grupo. Había unos pocos pulóveres
que aparecían por casualidad en los autos o en alguna valija, mantas, alguna
gabardina o abrigo ligero. Otra vez volvía a faltar el agua, y Taunus envió a
tres de sus hombres, entre ellos el ingeniero, para que trataran de establecer
contacto con los lugareños. Sin que pudiera saberse por qué, la resistencia
exterior era total; bastaba salir del límite de la autopista para que desde
cualquier sitio llovieran piedras. En plena noche alguien tiró una guadaña que
golpeó el techo del DKW y cayó al lado del Dauphine. El viajante se puso muy
pálido y no se movió de su auto, pero el americano del De Soto (que no formaba
parte del grupo de Taunus pero que todos apreciaban por su buen humor y sus
risotadas) vino a la carrera y después de revolear la guadaña la devolvió campo
afuera con todas sus fuerzas, maldiciendo a gritos. Sin embargo, Taunus no
creía que conviniera ahondar la hostilidad; quizás fuese todavía posible hacer
una salida en busca de agua.
Ya nadie llevaba la cuenta de lo que se había avanzado ese día o esos
días; la muchacha del Dauphine creía que entre ochenta y doscientos metros; el
ingeniero era menos optimista pero se divertía en prolongar y complicar los
cálculos con su vecina, interesado de a ratos en quitarle la compañía del
viajante del DKW que le hacía la corte a su manera profesional. Esa misma tarde
el muchacho encargado del Floride corrió a avisar a Taunus que un Ford Mercury
ofrecía agua a buen precio. Taunus se negó, pero al anochecer una de las monjas
le pidió al ingeniero un sorbo de agua para la anciana del ID que sufría sin
quejarse, siempre tomada de la mano de su marido y atendida alternativamente
por las monjas y la muchacha del Dauphine. Quedaba medio litro de agua, y las
mujeres lo destinaron a la anciana y a la señora del Beaulieu. Esa misma noche
Taunus pagó de su bolsillo dos litros de agua; el Ford Mercury prometió
conseguir más para el día siguiente, al doble del precio. Era difícil reunirse
para discutir, porque hacía tanto frío que nadie abandonaba los autos como no
fuera por un motivo imperioso. Las baterías empezaban a descargarse y no se
podía hacer funcionar todo el tiempo la calefacción; Taunus decidió que los dos
coches mejor equipados se reservarían llegado el caso para los enfermos.
Envueltos en mantas (los muchachos del Simca habían arrancado el tapizado de su
auto para fabricarse chalecos y gorros, y otros empezaron a imitarlos), cada
uno trataba de abrir lo menos posible las portezuelas para conservar el calor.
En alguna de esas noches heladas el ingeniero oyó llorar ahogadamente a la
muchacha del Dauphine. Sin hacer ruido, abrió poco a poco la portezuela y
tanteó en la sombra hasta rozar una mejilla mojada. Casi sin resonancia la
chica se dejó atraer al 404; el ingeniero la ayudó a tenderse en la cucheta, la
abrigó con la única manta y le echó encima su gabardina. La oscuridad era más
densa en el coche ambulancia, con sus ventanillas tapadas por las lomas de la
rienda. En algún momento el ingeniero bajó los dos parasoles y colgó de ellos
su camisa y un pulóver para aislar completamente el auto. Hacia el amanecer
ella le dijo al oído que antes de empezar a llorar había creído ver a lo lejos,
sobre la derecha, las luces de una ciudad.
Quizá fuera una ciudad pero las nieblas de la mañana no dejaban ver ni a
veinte metros. Curiosamente ese día la columna avanzó bastante más, quizás
doscientos o trescientos metros. Coincidió con nuevos anuncios de la radio (que
casi nadie escuchaba, salvo Taunus que se sentía obligado a mantenerse al
corriente); los locutores hablaban enfáticamente de medidas de excepción que
liberarían la autopista, y se hacían referencias al agotador trabajo de las
cuadrillas camineras y de las fuerzas policiales. Bruscamente, una de las
monjas deliró. Mientras su compañera la contemplaba aterrada y la muchacha del
Dauphine le humedecía las sienes con un resto de perfume, la monja hablo de
Armagedón, del noveno día, de la cadena de cinabrio. El médico vino mucho
después, abriéndose paso entre la nieve que caía desde el mediodía y amurallaba
poco a poco los autos. Deploró la carencia de una inyección calmante y aconsejó
que llevaran a la monja a un auto con buena calefacción. Taunus la instaló en
su coche, y el niño pasó al Caravelle donde también estaba su amiguita del 203;
jugaban con sus autos y se divertían mucho porque eran los únicos que no
pasaban hambre. Todo ese día y los siguientes nevó casi de continuo, y cuando
la columna avanzaba unos metros había que despejar con medios improvisados las
masas de nieve amontonadas entre los autos.
A nadie se le hubiera ocurrido asombrarse por la forma en que se
obtenían las provisiones y el agua. Lo único que podía hacer Taunus era
administrar los fondos comunes y tratar de sacar el mejor partido posible de
algunos trueques. El Ford Mercury y un Porsche venían cada noche a traficar con
las vituallas; Taunus y el ingeniero se encargaban de distribuirlas de acuerdo
con el estado físico de cada uno. Increíblemente la anciana del ID sobrevivía,
perdida en un sopor que las mujeres se cuidaban de disipar. La señora del
Beaulieu que unos días antes había sufrido de náuseas y vahídos, se había
repuesto con el frío y era de las que más ayudaba a la monja a cuidar a su
compañera, siempre débil y un poco extraviada. La mujer del soldado y del 203
se encargaban de los dos niños; el viajante del DKW, quizá para consolarse de
que la ocupante del Dauphine hubiera preferido al ingeniero, pasaba horas
contándoles cuentos a los niños. En la noche los grupos ingresaban en otra vida
sigilosa y privada; las portezuelas se abrían silenciosamente para dejar entrar
o salir alguna silueta aterida; nadie miraba a los demás, los ojos tan ciegos
como la sombra misma. Bajo mantas sucias, con manos de uñas crecidas, oliendo a
encierro y a ropa sin cambiar, algo de felicidad duraba aquí y allá. La
muchacha del Dauphine no se había equivocado: a lo lejos brillaba una ciudad, y
poco y a poco se irían acercando. Por las tardes el chico del Simca se trepaba
al techo de su coche, vigía incorregible envuelto en pedazos de tapizado y
estopa verde. Cansado de explorar el horizonte inútil, miraba por milésima vez
los autos que lo rodeaban; con alguna envidia descubría a Dauphine en el auto
del 404, una mano acariciando un cuello, el final de un beso. Por pura broma,
ahora que había reconquistado la amistad del 404, les gritaba que la columna
iba a moverse; entonces Dauphine tenía que abandonar al 404 y entrar en su
auto, pero al rato volvía a pasarse en buscar de calor, y al muchacho del Simca
le hubiera gustado tanto poder traer a su coche a alguna chica de otro grupo,
pero no era ni para pensarlo con ese frío y esa hambre, sin contar que el grupo
de más adelante estaba en franco tren de hostilidad con el de Taunus por una
historia de un tubo de leche condensada, y salvo las transacciones oficiales
con Ford Mercury y con Porsche no había relación posible con los otros grupos.
Entonces el muchacho del Simca suspiraba descontento y volvía a hacer de vigía
hasta que la nieve y el frío lo obligaban a meterse tiritando en su auto.
Pero el frío empezó a ceder, y después de un período de lluvias y vientos
que enervaron los ánimos y aumentaron las dificultades de aprovisionamiento,
siguieron días frescos y soleados en que ya era posible salir de los autos,
visitarse, reanudar relaciones con los grupos de vecinos. Los jefes habían
discutido la situación, y finalmente se logró hacer la paz con el grupo de más
adelante. De la brusca desaparición del Ford Mercury se habló mucho tiempo sin
que nadie supiera lo que había podido ocurrirle, pero Porsche siguió viniendo y
controlando el mercado negro. Nunca faltaban del todo el agua o las conservas,
aunque los fondos del grupo disminuían y Taunus y el ingeniero se preguntaban
qué ocurriría el día en que no hubiera más dinero para Porsche. Se habló de un
golpe de mano, de hacerlo prisionero y exigirle que revelara la fuente de los
suministros, pero en esos días la columna había avanzado un buen trecho y los
jefes prefirieron seguir esperando y evitar el riesgo de echarlo todo a perder
por una decisión violenta. Al ingeniero, que había acabado por ceder a una indiferencia
casi agradable, lo sobresaltó por un momento el tímido anuncio de la muchacha
del Dauphine, pero después comprendió que no se podía hacer nada para evitarlo
y la idea de tener un hijo de ella acabó por parecerle tan natural como el
reparto nocturno de las provisiones o los viajes furtivos hasta el borde de la
autopista. Tampoco la muerte de la anciana del ID podía sorprender a nadie.
Hubo que trabajar otra vez en plena noche, acompañar y consolar al marido que
no se resignaba a entender. Entre dos de los grupos de vanguardia estalló una
pelea y Taunus tuvo que oficiar de árbitro y resolver precariamente la
diferencia. Todo sucedía en cualquier momento, sin horarios previsibles; lo más
importante empezó cuando ya nadie lo esperaba, y al menos responsable le tocó
darse cuenta el primero. Trepado en el techo del Simca, el alegre vigía tuvo la
impresión de que el horizonte había cambiado (era el atardecer, un sol
amarillento deslizaba su luz rasante y mezquina) y que algo inconcebible estaba
ocurriendo a quinientos metros, a trescientos, a doscientos cincuenta. Se lo
gritó al 404 y el 404 le dijo algo Dauphine que se pasó rápidamente a su auto
cuando ya Taunus, el soldado y el campesino venían corriendo y desde el techo
del Simca el muchacho señalaba hacia adelante y repetía interminablemente el
anuncio como si quisiera convencerse de que lo que estaba viendo era verdad;
entonces oyeron la conmoción, algo como un pesado pero incontenible movimiento
migratorio que despertaba de un interminable sopor y ensayaba sus fuerzas.
Taunus les ordenó a gritos que volvieran a sus coches; el Beaulieu, el ID, el
Fiat 600 y el De Soto arrancaron con un mismo impulso. Ahora el 2HP, el Taunus,
el Simca y el Ariane empezaban a moverse, y el muchacho del Simca, orgulloso de
algo que era como su triunfo, se volvía hacia el 404 y agitaba el brazo
mientras el 404, el Dauphine, el 2HP de las monjas y el DKW se ponían a su vez
en marcha. Pero todo estaba en saber cuánto iba a durar eso; el 404 se lo
preguntó casi por rutina mientras se mantenía a la par de Dauphine y le sonreía
para darle ánimo. Detrás, el Volkswagen, el Caravelle, el 203 y el Floride
arrancaban, a su vez lentamente, un trecho en primera velocidad, después la
segunda, interminablemente la segunda pero ya sin desembragar como tantas
veces, con el pie firme en el acelerador, esperando poder pasar a tercera.
Estirando el brazo izquierdo el 404 buscó la mano de Dauphine, rozó apenas la
punta de sus dedos, vio en su cara una sonrisa de incrédula esperanza y pensó
que iban a llegar a París y que se bañarían, que irían juntos a cualquier lado,
a su casa o a la de ella a bañarse, a comer, a bañarse interminablemente y a
comer y beber, y que después habría muebles, habría un dormitorio con muebles y
un cuarto de baño con espuma de jabón para afeitarse de verdad, y retretes,
comida y retretes y sábanas, París era un retrete y dos sábanas y el agua
caliente por el pecho y las piernas, y una tijera de uñas, y vino blanco,
beberían vino blanco antes de besarse y sentirse oler a lavanda y a colonia,
antes de conocerse de verdad a plena luz, entre sábanas limpias, y volver a
bañarse por juego, amarse y bañarse y beber y entrar en la peluquería, entrar
en el baño, acariciar las sábanas y acariciarse entre las sábanas y amarse
entre la espuma y la lavanda y los cepillos antes de empezar a pensar en lo que
iban a hacer, en el hijo y los problemas y el futuro, y todo eso siempre que no
se detuvieran, que la columna continuara aunque todavía no se pudiese subir a
la tercera velocidad, seguir así en segunda, pero seguir. Con los paragolpes
rozando el Simca, el 404 se echó atrás en el asiento, sintió aumentar la
velocidad, sintió que podía acelerar sin peligro de irse contra el Simca, y que
el Simca aceleraba sin peligro de chocar contra el Beaulieu, y que detrás venía
el Caravelle y que todos aceleraban más y más, y que ya se podía pasar a
tercera sin que el motor penara, y la palanca calzó increíblemente en la
tercera y la marcha se hizo suave y se aceleró todavía más, y el 404 miró
enternecido y deslumbrado a su izquierda buscando los ojos de Dauphine. Era
natural que con tanta aceleración las filas ya no se mantuvieran paralelas.
Dauphine se había adelantado casi un metro y el 404 le veía la nuca y apenas el
perfil, justamente cuando ella se volvía para mirarlo y hacía un gesto de
sorpresa al ver que el 404 se retrasaba todavía más. Tranquilizándola con una
sonrisa el 404 aceleró bruscamente, pero casi en seguida tuvo que frenar porque
estaba a punto de rozar el Simca; le tocó secamente la bocina y el muchacho del
Simca lo miró por el retrovisor y le hizo un gesto de impotencia, mostrándole
con la mano izquierda el Beaulieu pegado a su auto. El Dauphine iba tres metros
más adelante, a la altura del Simca, y la niña del 203, al nivel del 404, agitaba
los brazos y le mostraba su muñeca. Una mancha roja a la derecha desconcertó al
404; en vez del 2HP de las monjas o del Volkswagen del soldado vio un Crevrolet
desconocido, y casi en seguida el Chevrolet se adelantó seguido por un Lancia y
por un Renault 8. A su izquierda se le apareaba un ID que empezaba a sacarle
ventaja metro a metro, pero antes de que fuera sustituido por un 403, el 404
alcanzó a distinguir todavía en la delantera el 203 que ocultaba ya a Dauphine.
El grupo se dislocaba, ya no existía. Taunus debía de estar a más de veinte
metros adelante, seguido de Dauphine; al mismo tiempo la tercera fila de la
izquierda se atrasaba porque en vez del DKW del viajante, el 404 alcanzaba a
ver la parte trasera de un viejo furgón negro, quizá un Citroën o un Peugeot.
Los autos corrían en tercera, adelantándose o perdiendo terreno según el ritmo
de su fila, y a los lados de la autopista se veían huir los árboles, algunas
casas entre las masas de niebla y el anochecer. Después fueron las luces rojas que
todos encendían siguiendo el ejemplo de los que iban adelante, la noche que se
cerraba bruscamente. De cuando en cuando sonaban bocinas, las agujas de los
velocímetros subían cada vez más, algunas filas corrían a setenta kilómetros,
otras a sesenta y cinco, algunas a sesenta. El 404 había esperado todavía que
el avance y el retroceso de las filas le permitiera alcanzar otra vez a
Dauphine, pero cada minuto lo iba convenciendo de que era inútil, que el grupo
se había disuelto irrevocablemente, que ya no volverían a repetirse los
encuentros rutinarios, los mínimos rituales, los consejos de guerra en el auto
de Taunus, las caricias de Dauphine en la paz de la madrugada, las risas de los
niños jugando con sus autos, la imagen de la monja pasando las cuentas del
rosario. Cuando se encendieron las luces de los frenos del Simca, el 404 redujo
la marcha con un absurdo sentimiento de esperanza, y apenas puesto el freno de
mano saltó del auto y corrió hacia adelante. Fuera del Simca y el Beaulieu (más
atrás estaría el Caravelle, pero poco le importaba) no reconoció ningún auto; a
través de cristales diferentes lo miraban con sorpresa y quizá escándalo otros
rostros que no había visto nunca. Sonaban las bocinas, y el 404 tuvo que volver
a su auto; el chico del Simca le hizo un gesto amistoso, como si comprendiera,
y señaló alentadoramente en dirección de París. La columna volvía a ponerse en
marcha, lentamente durante unos minutos y luego como si la autopista estuviera
definitivamente libre. A la izquierda del 404 corría un Taunus, y por un
segundo al 404 le pareció que el grupo se recomponía, que todo entraba en el
orden, que se podría seguir adelante sin destruir nada. Pero era un Taunus
verde, y en el volante había una mujer con anteojos ahumados que miraba
fijamente hacia adelante. No se podía hacer otra cosa que abandonarse a la
marcha, adaptarse mecánicamente a la velocidad de los autos que lo rodeaban, no
pensar. En el Volkswagen del soldado debía de estar su chaqueta de cuero.
Taunus tenía la novela que él había leído en los primeros días. Un frasco de
lavanda casi vacío en el 2HP de las monjas. Y él tenía ahí, tocándolo a veces
con la mano derecha, el osito de felpa que Dauphine le había regalado como
mascota. Absurdamente se aferró a la idea de que a las nueve y media se
distribuirían los alimentos, habría que visitar a los enfermos, examinar la
situación con Taunus y el campesino del Ariane; después sería la noche, sería
Dauphine subiendo sigilosamente a su auto, las estrellas o las nubes, la vida.
Sí, tenía que ser así, no era posible que eso hubiera terminado para siempre.
Tal vez el soldado consiguiera una ración de agua, que había escaseado en las
últimas horas; de todos modos se podía contar con Porsche, siempre que se le
pagara el precio que pedía. Y en la antena de la radio flotaba locamente la
bandera con la cruz roja, y se corría a ochenta kilómetros por hora hacia las
luces que crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro,
por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada
de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante,
exclusivamente hacia adelante.
El ramo azul, un cuento de Octavio Paz
Desperté,
cubierto de sudor. Del piso de ladrillos rojos, recién regados, subía un vapor
caliente. Una mariposa de alas grisáceas revoloteaba encandilada alrededor del
foco amarillento. Salté de la hamaca y descalzo atravesé el cuarto, cuidando no
pisar algún alacrán salido de su escondrijo a tomar el fresco. Me acerqué al
ventanillo y aspiré el aire del campo. Se oía la respiración de la noche,
enorme, femenina. Regresé al centro de la habitación, vacié el agua de la jarra
en la palangana de peltre y humedecí la toalla. Me froté el torso y las piernas
con el trapo empapado, me sequé un poco y, tras de cerciorarme que ningún bicho
estaba escondido entre los pliegues de mi ropa, me vestí y calcé. Bajé saltando
la escalera pintada de verde. En la puerta del mesón tropecé con el dueño,
sujeto tuerto y reticente. Sentado en una sillita de tule, fumaba con el ojo
entrecerrado. Con voz ronca me preguntó:
-¿Dónde va
señor?
-A dar una
vuelta. Hace mucho calor.
-Hum, todo
está ya cerrado. Y no hay alumbrado aquí. Más le valiera quedarse.
Alcé los
hombros, musité “ahora vuelvo” y me metí en lo oscuro. Al principio no veía
nada. Caminé a tientas por la calle empedrada. Encendí un cigarrillo. De pronto
salió la luna de una nube negra, iluminando un muro blanco, desmoronado a
trechos. Me detuve, ciego ante tanta blancura. Sopló un poco de viento. Respiré
el aire de los tamarindos. Vibraba la noche, llena de hojas e insectos. Los
grillos vivaqueaban entre las hierbas altas. Alcé la cara: arriba también
habían establecido campamento las estrellas. Pensé que el universo era un vasto
sistema de señales, una conversación entre seres inmensos. Mis actos, el
serrucho del grillo, el parpadeo de la estrella, no eran sino pausas y sílabas,
frases dispersas de aquel diálogo. ¿Cuál sería esa palabra de la cual yo era
una sílaba? ¿Quién dice esa palabra y a quién se la dice? Tiré el cigarrillo
sobre la banqueta. Al caer, describió una curva luminosa, arrojando breves
chispas, como un cometa minúsculo.
Caminé largo
rato, despacio. Me sentía libre, seguro entre los labios que en ese momento me
pronunciaban con tanta felicidad. La noche era un jardín de ojos. Al cruzar la
calle, sentí que alguien se desprendía de una puerta. Me volví, pero no acerté
a distinguir nada. Apreté el paso. Unos instantes percibí unos huaraches sobre
las piedras calientes. No quise volverme, aunque sentía que la sombra se
acercaba cada vez más. Intenté correr. No pude. Me detuve en seco, bruscamente.
Antes de que pudiese defenderme, sentí la punta de un cuchillo en mi espalda y
una voz dulce:
-No se mueva
, señor, o se lo entierro.
Cuento de
Octavio Paz: El ramo azul
Escritor
mexicano Octavio Paz
Sin volver
la cara pregunté:
-¿Qué
quieres?
-Sus ojos,
señor –contestó la voz suave, casi apenada.
-¿Mis ojos?
¿Para qué te servirán mis ojos? Mira, aquí tengo un poco de dinero. No es
mucho, pero es algo. Te daré todo lo que tengo, si me dejas. No vayas a
matarme.
-No tenga
miedo, señor. No lo mataré. Nada más voy a sacarle los ojos.
-Pero, ¿para
qué quieres mis ojos?
-Es un
capricho de mi novia. Quiere un ramito de ojos azules y por aquí hay pocos que
los tengan.
Mis ojos no
te sirven. No son azules, sino amarillos.
-Ay, señor
no quiera engañarme. Bien sé que los tiene azules.
-No se le
sacan a un cristiano los ojos así. Te daré otra cosa.
-No se haga
el remilgoso, me dijo con dureza. Dé la vuelta.
Me volví.
Era pequeño y frágil. El sombrero de palma le cubría medio rostro. Sostenía con
el brazo derecho un machete de campo, que brillaba con la luz de la luna.
-Alúmbrese
la cara.
Encendí y me
acerqué la llama al rostro. El resplandor me hizo entrecerrar los ojos. El
apartó mis párpados con mano firme. No podía ver bien. Se alzó sobre las puntas
de los pies y me contempló intensamente.
La llama me
quemaba los dedos. La arrojé. Permaneció un instante silencioso.
-¿Ya te
convenciste? No los tengo azules.
-¡Ah, qué
mañoso es usted! –respondió- A ver, encienda otra vez.
Froté otro
fósforo y lo acerqué a mis ojos. Tirándome de la manga, me ordenó.
-Arrodíllese.
Mi hinqué.
Con una mano me cogió por los cabellos, echándome la cabeza hacia atrás. Se
inclinó sobre mí, curioso y tenso, mientras el machete descendía lentamente
hasta rozar mis párpados. Cerré los ojos.
-Ábralos
bien –ordenó.
Abrí los
ojos. La llamita me quemaba las pestañas. Me soltó de improviso.
-Pues no son
azules, señor. Dispense.
Y
despareció.
Me acodé
junto al muro, con la cabeza entre las manos. Luego me incorporé. A tropezones,
cayendo y levantándome, corrí durante una hora por el pueblo desierto. Cuando
llegué a la plaza, vi al dueño del mesón, sentado aún frente a la puerta.
Entré sin
decir palabra.
Al día
siguiente huí de aquel pueblo.
Conducta en los velorios
[Cuento -
Texto completo.]
Julio Cortázar
No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos
porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima
segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de
verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a
esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y
los acompañamos desde lejos. A lo sumo mi madre va un rato y saluda en nombre
de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra vida ajena a ese
diálogo con la sombra. Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la
sospecha de que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes
del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el
velorio esté a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente.
En Pacífico las cosas ocurren casi siempre en un patio con macetas y
música de radio. Para estas ocasiones los vecinos condescienden a apagar las
radios, y quedan solamente los jazmines y los parientes, alternándose contra
las paredes. Llegamos de a uno o de a dos, saludamos a los deudos, a quienes se
reconoce fácilmente porque lloran apenas ven entrar a alguien, y vamos a
inclinarnos ante el difunto, escoltados por algún pariente cercano. Una o dos
horas después toda la familia está en la casa mortuoria, pero aunque los
vecinos nos conocen bien, procedemos como si cada uno hubiera venido por su
cuenta y apenas hablamos entre nosotros. Un método preciso ordena nuestros
actos, escoge los interlocutores con quienes se departe en la cocina, bajo el
naranjo, en los dormitorios, en el zaguán, y de cuando en cuando se sale a
fumar al patio o a la calle, o se da una vuelta a la manzana para ventilar
opiniones políticas y deportivas. No nos lleva demasiado tiempo sondear los
sentimientos de los deudos más inmediatos, los vasitos de caña, el mate dulce y
los Particulares livianos son el puente confidencial; antes de media noche
estamos seguros, podemos actuar sin remordimientos. Por lo común mi hermana la
menor se encarga de la primera escaramuza; diestramente ubicada a los pies del
ataúd, se tapa los ojos con un pañuelo violeta y empieza a llorar, primero en
silencio, empapando el pañuelo a un punto increíble, después con hipos y
jadeos, y finalmente le acomete un ataque terrible de llanto que obliga a las
vecinas a llevarla a la cama preparada para esas emergencias, darle a oler agua
de azahar y consolarla, mientras otras vecinas se ocupan de los parientes
cercanos bruscamente contagiados por la crisis. Durante un rato hay un
amontonamiento de gente en la puerta de la capilla ardiente, preguntas y
noticias en voz baja, encogimientos de hombros por parte de los vecinos.
Agotados por un esfuerzo en que han debido emplearse a fondo, los deudos
amenguan en sus manifestaciones, y en ese mismo momento mis tres primas
segundas se largan a llorar sin afectación, sin gritos, pero tan
conmovedoramente que los parientes y vecinos sienten la emulación, comprenden
que no es posible quedarse así descansando mientras extraños de la otra cuadra
se afligen de tal manera, y otra vez se suman a la deploración general, otra
vez hay que hacer sitio en las camas, apantallar a señoras ancianas, aflojar el
cinturón a viejitos convulsionados. Mis hermanos y yo esperamos por lo regular
este momento para entrar en la sala mortuoria y ubicarnos junto al ataúd. Por
extraño que parezca estamos realmente afligidos, jamás podemos oír llorar a
nuestras hermanas sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos
recuerde cosas de la infancia, unos campos cerca de Villa Albertina, un tranvía
que chirriaba al tomar la curva en la calle General Rodríguez, en Bánfield,
cosas así, siempre tan tristes. Nos basta ver las manos cruzadas del difunto
para que el llanto nos arrase de golpe, nos obligue a taparnos la cara
avergonzados, y somos cinco hombres que lloran de verdad en el velorio,
mientras los deudos juntan desesperadamente el aliento para igualarnos,
sintiendo que cueste lo que cueste deben demostrar que el velorio es el de
ellos, que solamente ellos tienen derecho a llorar así en esa casa. Pero son
pocos, y mienten (eso lo sabemos por mi prima segunda la mayor, y nos da
fuerzas). En vano acumulan los hipos y los desmayos, inútilmente los vecinos
más solidarios los apoyan con sus consuelos y sus reflexiones, llevándolos y
trayéndolos para que descansen y se reincorporen a la lucha. Mis padres y mi
tío el mayor nos reemplazan ahora, hay algo que impone respeto en el dolor de
estos ancianos que han venido desde la calle Humboldt, cinco cuadras contando
desde la esquina, para velar al finado.Los vecinos más coherentes empiezan a
perder pie, dejan caer a los deudos, se van a la cocina a beber grapa y a
comentar; algunos parientes, extenuados por una hora y media de llanto
sostenido, duermen estertorosamente. Nosotros nos relevamos en orden, aunque
sin dar la impresión de nada preparado; antes de las seis de la mañana somos
los dueños indiscutidos del velorio, la mayoría de los vecinos se han ido a
dormir a sus casas, los parientes yacen en diferentes posturas y grados de
abotagamiento, el alba nace en el patio. A esa hora mis tías organizan
enérgicos refrigerios en la cocina, bebemos café hirviendo, nos miramos
brillantemente al cruzarnos en el zaguán o los dormitorios; tenemos algo de
hormigas yendo y viniendo, frotándose las antenas al pasar. Cuando llega el
coche fúnebre las disposiciones están tomadas, mis hermanas llevan a los
parientes a despedirse del finado antes del cierre del ataúd, los sostienen y
confortan mientras mis primas y mis hermanos se van adelantando hasta
desalojarlos, abreviar el ultimo adiós y quedarse solos junto al muerto.
Rendidos, extraviados, comprendiendo vagamente pero incapaces de reaccionar,
los deudos se dejan llevar y traer, beben cualquier cosa que se les acerca a
los labios, y responden con vagas protestas inconsistentes a las cariñosas
solicitudes de mis primas y mis hermanas.Cuando es hora de partir y la casa
está llena de parientes y amigos, una organización invisible pero sin brechas
decide cada movimiento, el director de la funeraria acata las órdenes de mi
padre, la remoción del ataúd se hace de acuerdo con las indicaciones de mi tío
el mayor. Alguna que otra vez los parientes llegados a último momento adelantan
una reivindicación destemplada; los vecinos, convencidos ya de que todo es como
debe ser, los miran escandalizados y los obligan a callarse. En el coche de
duelo se instalan mis padres y mis tíos, mis hermanos suben al segundo, y mis
primas condescienden a aceptar a alguno de los deudos en el tercero, donde se
ubican envueltas en grandes pañoletas negras y moradas. El resto sube donde
puede, y hay parientes que se ven precisados a llamar un taxi. Y si algunos,
refrescados por el aire matinal y el largo trayecto, traman una reconquista en
la necrópolis, amargo es su desengaño. Apenas llega el cajón al peristilo, mis
hermanos rodean al orador designado por la familia o los amigos del difunto, y
fácilmente reconocible por su cara de circunstancias y el rollito que le abulta
el bolsillo del saco.Estrechándole las manos, le empapan las solapas con sus
lágrimas, lo palmean con un blando sonido de tapioca, y el orador no puede
impedir que mi tío el menor suba a la tribuna y abra los discursos con una
oración que es siempre un modelo de verdad y discreción. Dura tres minutos, se
refiere exclusivamente al difunto, acota sus virtudes y da cuenta de sus
defectos, sin quitar humanidad a nada de lo que dice; está profundamente
emocionado, y a veces le cuesta terminar. Apenas ha bajado, mi hermano el mayor
ocupa la tribuna y se encarga del panegírico en nombre del vecindario, mientras
el vecino designado a tal efecto trata de abrirse paso entre mis primas y
hermanas que lloran colgadas de su chaleco. Un gesto afable pero imperioso de
mi padre moviliza al personal de la funeraria; dulcemente empieza a rodar el
catafalco, y los oradores oficiales se quedan al pie de la tribuna, mirándose y
estrujando los discursos en sus manos húmedas. Por lo regular no nos molestamos
en acompañar al difunto hasta la bóveda o sepultura, sino que damos media
vuelta y salimos todos juntos, comentando las incidencias del velorio. Desde
lejos vemos cómo los parientes corren desesperadamente para agarrar alguno de
los cordones del ataúd y se pelean con los vecinos que entre tanto se han
posesionado de los cordones y prefieren llevarlos ellos a que los lleven los
parientes.
FIN
Un día de estos
[Cuento - Texto completo.]
Gabriel García Márquez
El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar,
dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la
vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la
mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una
exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón
dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido,
enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la
mirada de los sordos.
Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa
hacia el sillón de resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no
pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa
incluso cuando no se servía de ella.
Después de las ocho hizo una pausa para mirar el cielo por
la ventana y vio dos gallinazos pensativos que se secaban al sol en el
caballete de la casa vecina. Siguió trabajando con la idea de que antes del
almuerzo volvería a llover. La voz destemplada de su hijo de once años lo sacó
de su abstracción.
-Papá.
-Qué.
-Dice el alcalde que si le sacas una muela.
-Dile que no estoy aquí.
Estaba puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia
del brazo y lo examinó con los ojos a medio cerrar. En la salita de espera
volvió a gritar su hijo.
-Dice que sí estás porque te está oyendo.
El dentista siguió examinando el diente. Sólo cuando lo puso
en la mesa con los trabajos terminados, dijo:
-Mejor.
Volvió a operar la fresa. De una cajita de cartón donde
guardaba las cosas por hacer, sacó un puente de varias piezas y empezó a pulir
el oro.
-Papá.
-Qué.
Aún no había cambiado de expresión.
-Dice que si no le sacas la muela te pega un tiro.
Sin apresurarse, con un movimiento extremadamente tranquilo,
dejó de pedalear en la fresa, la retiró del sillón y abrió por completo la
gaveta inferior de la mesa. Allí estaba el revólver.
-Bueno -dijo-. Dile que venga a pegármelo.
Hizo girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta, la
mano apoyada en el borde de la gaveta. El alcalde apareció en el umbral. Se
había afeitado la mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada y dolorida,
tenía una barba de cinco días. El dentista vio en sus ojos marchitos muchas
noches de desesperación. Cerró la gaveta con la punta de los dedos y dijo
suavemente:
-Siéntese.
-Buenos días -dijo el alcalde.
-Buenos -dijo el dentista.
Mientras hervían los instrumentos, el alcalde apoyó el
cráneo en el cabezal de la silla y se sintió mejor. Respiraba un olor glacial.
Era un gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal, y una
vidriera con pomos de loza. Frente a la silla, una ventana con un cancel de
tela hasta la altura de un hombre. Cuando sintió que el dentista se acercaba,
el alcalde afirmó los talones y abrió la boca.
Don Aurelio Escovar le movió la cara hacia la luz. Después
de observar la muela dañada, ajustó la mandíbula con una cautelosa presión de
los dedos.
-Tiene que ser sin anestesia -dijo.
-¿Por qué?
-Porque tiene un absceso.
El alcalde lo miró en los ojos.
-Está bien -dijo, y trató de sonreír. El dentista no le
correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con los instrumentos
hervidos y los sacó del agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse.
Después rodó la escupidera con la punta del zapato y fue a lavarse las manos en
el aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde. Pero el alcalde no lo perdió de
vista.
Era una cordal inferior. El dentista abrió las piernas y
apretó la muela con el gatillo caliente. El alcalde se aferró a las barras de
la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los
riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. Sin
rencor, más bien con una amarga ternura, dijo:
-Aquí nos paga veinte muertos, teniente.
El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus
ojos se llenaron de lágrimas. Pero no suspiró hasta que no sintió salir la
muela. Entonces la vio a través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su
dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores.
Inclinado sobre la escupidera, sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera y
buscó a tientas el pañuelo en el bolsillo del pantalón. El dentista le dio un
trapo limpio.
-Séquese las lágrimas -dijo.
El alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista
se lavaba las manos, vio el cielorraso desfondado y una telaraña polvorienta con
huevos de araña e insectos muertos. El dentista regresó secándose las manos.
“Acuéstese -dijo- y haga buches de agua de sal.” El alcalde se puso de pie, se
despidió con un displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando
las piernas, sin abotonarse la guerrera.
-Me pasa la cuenta -dijo.
-¿A usted o al municipio?
El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de
la red metálica.
-Es la misma vaina.
FIN
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